domingo, 21 de febrero de 2021

El País de las Personas Amables

 


Los primeros días en un país suelen ser un caos.

Supongamos que estos son mis primeros días, dejemos atrás la cuarentena.

El contraste entre la paz de la nieve y mi desorden mental es solo aparente.

Afuera también es adentro.

Voy a dejar que caigan las palabras suavemente como copos de nieve.

Los copos de nieve tienen la forma que tienen en los dibujitos. O en los emoticones del whatsapp.

Todavía no puedo entender cómo es que se acumula tanta nieve, pilas y pilas de nieve, si parecen tan finos y etéreos cuando bajan por el aire como de la nada.

 


Salí de la cuarentena el jueves pasado con unos planes un poco atados con alambre. Mi primera misión era encontrar, en la enormidad del campus universitario nevado, la oficina a la que tenía que ir. La encontré luego de perderme un rato, y conocí a Brahim, una de esas personas que entendés por qué parecen tan secas por mail cuando las escuchás hablar: en realidad tiene la mejor, y quiere resolverte todos los problemas, pero se quiere encargar de todo a la vez y le gusta mucho hablar y explicar cosas y no está hecho para escribir mails con la formalidad con que vos le escribiste siempre. Brahim se escandalizó cuando supo que yo no tenía plata canadiense en efectivo, que las compras con tarjeta de crédito son carísimas a pagar en Argentina, que mi coloc (compañera de casa) me esperaba al mediodía en mi departamento y no tenía exactamente planeado cómo llegar hasta ahí con mis cosas, entonces además de ayudarme a empezar mis trámites en la universidad se encargó de llevarme en su auto personal al banco a cambiar plata, esperarme, traerme al departamento, esperar a que deje mis cosas, llevarme de nuevo a la universidad para seguir con los trámites, volver a traerme al departamento porque me había olvidado unos papeles, y volver a llevarme a la universidad, mientras me contaba cómo hace 30 años que vino de Argelia y me mostraba la casa en donde vivía apenas llegó. Vamos a contar a Brahim como la Persona Amable de Canadá 1.

En el medio la conocí a Sandrine, mi pequeña coloc del departamento, le digo pequeña porque así la siento con sus veintipocos, me recibió con una sonrisa y ganas de que seamos amigas, más entusiasmo que eso no puedo pedir. Le dije que iba a aparecer mucho en mi blog, ya escucharán más sobre Sandrine. En la cocina hay un platito con comida de gato para su gato que ahora está con su novio en otra ciudad, ojalá en algún momento lo traiga.

nuestro balcón es un sueño


Ese mismo día más tarde volví al banco en donde había estado al mediodía para terminar el trámite de apertura de cuenta que había empezado días antes por teléfono (abrir una cuenta bancaria es elemental para ser una persona en un país extranjero, eso ya lo había aprendido en Francia), para enterarme de que hay un papel esencial que tenía que tener y no tengo. Aparentemente, en migraciones, en el aeropuerto, tenían que haberme impreso el permiso de trabajo y no lo hicieron, era todo tan rápido y tanta presión y tanta gente y cosa en el medio que no me di cuenta en ese momento. Así que búm, de pronto sentí una angustia en el pecho y la sensación que tengo hace meses, de que no puedo entender cómo funcionan las cosas en este país y que quién puede ayudarme con eso. Por suerte la bancaria, que nombraremos Persona Amable de Canadá 2, me tranquilizó. Más tarde le mandé otro documento y al día siguiente me dijo que iban a hacer una excepción. Fui por tercera vez al banco el viernes, la bancaria se reía de lo tensa que me veía y me decía que me relaje. Tengo 3 meses para conseguir ese bendito documento.

La primera de esas 3 veces que entré al banco le hablé al guardia de seguridad, un negro africano que me hizo un chiste pensando que era francesa, y cuando le dije que era de Argentina no sé qué me dijo con la mejor buena onda y nos reímos como si fuéramos mejores amigues, ese agradable sujeto es la Persona Amable de Canadá 3 y nos reímos cada vez que entré por esa puerta y cruzamos miradas por encima del barbijo. La semana que viene tengo que volver a ir y espero volver a verlo.

Ese día me volví angustiada del banco en bus, ya era de noche, hacía mucho frío (ah, todavía no hablé del frío) y tenía que conseguir comida, terminé yendo a un supermercado cerca del departamento caminando unas cuadras a oscuras, sola con el silencio de la nieve de noche. Es un barrio residencial demasiado frío y tranquilo. Fue muy extraño. Me sentía perdida.

Los días siguieron más o menos parecidos. Ya no sé cuánto narrar, cuándo es divertido y cuándo aburrido. Viajes largos en bus, caminos sobre la nieve, perdida en lugares, las imágenes se repitieron.



Hasta que hoy salió el sol, y salí en plan de ir a un supermercado más en el centro. Fui a la parada de bus y vi que faltaba una hora para que pasara, y con el día lindo a pesar del frío, decidí caminar.

Caminar siempre hace bien cuando me siento perdida.

Caminar y sentir el sol en la porción de mi cara que no es gorro ni bufanda ni barbijo.

Conocer algo de la ciudad. Ver un puente y dejarme llevar por la curiosidad, más lejos de lo que en otro momento hubiese ido. Descubrir un lago congelado y gente paseando. Disfrutar, por un momento, como si fuese la primera vez en días, en semanas.





Estar acá, en el país de las Personas Amables.

Ojalá que sigan apareciendo, las quiero mucho.



viernes, 12 de febrero de 2021

Crónicas de la heladera


 

Cada vez que pienso en escribir sobre la cuarentena me llega de la nada un vacío, un vacío de nada. Algo como un sueño que todavía está en el aire, algo como la nieve que se acumula ahí atrás de mi ventana y no puedo salir a tocar. Una sensación mística sobre estar acá encerrada que despliega en mí la pregunta: ¿qué decir?

Decir algo sobre esa nada que se respira. Las transiciones. Jarmusch.

Y después, en el momento más inesperado, como cada vez, empieza a sonar la heladera.

La heladera es mi compañera en esta habitación de cuarentena. Apenas llegué y abrí la puerta noté algo extraño. A la vista todo parecía normal, pero había un sonido que estaba sonando más fuerte de lo habitual. Ella. Dándome la bienvenida: hola, estoy acá, voy a sonar para vos durante dos semanas, y para que no te olvides de mí, voy a hacer silencio de a ratitos, un silencio extraño y profundo que te haga sentir que estás en otro lado, solo para volver a arrancarte del sueño con mi motor enfurecido en un ciclo sin final.

La heladera es confusa. Nunca entiendo cuánto tarda en callarse y cuánto tarda en volver a sonar. La gente la escucha en las videollamadas. Definitivamente suena más fuerte de lo normal. Antes de ayer me desperté en medio de la noche porque se había callado y pensé que se había cortado la luz. ¿Se corta la luz también en Canadá?



Hoy es el día 9 de mi cuarentena, lo sé porque cada día tengo que mandar mi reporte por una aplicación del gobierno y me agradecen gentilmente eso que hago para que no me vengan a multar. Aunque la policía vino igual, a decirme buenos días disculpe cómo está y con-tro-lar.

Poco a poco se llena el vacío con historias: ¿cómo llegué hasta acá?

Pasaron las 11 horas de escala en San Pablo. Pasaron las ¿nueve? horas de vuelo en un avión repleto hablando con una brasilera a un lado y un brasilero al otro. Pasaron las más de 24 horas seguidas con barbijo puesto. Y al llegar a Toronto con la luz de la noche, 6 de la mañana sin entender qué hora es, de pronto nos bajamos del avión y estamos en una sala cerrada del aeropuerto, la brasilera me dice que es porque nos van a testear (¿?), nos gritan que si tenemos escala hagamos una fila, y una parte de mi cerebro se activa más rápido que nunca para llegar al segundo lugar, “tengo solo dos horas, voy a perder el avión a Montréal”. La posibilidad continua del desastre en mi cabeza. Viajar con covid. Cuando finalmente nos sueltan, somos solo un primer grupo de 15 caminando por pasillos vacíos de un aeropuerto, un silencio extraño y una prisa implícitamente justificada nos hacen llegar a un grupo de mujeres que nos gritan que escaneemos un código QR para anotarnos para el test, yo no entiendo nada, el QR no me anda, nadie entiende nada, no me importa, sigo mi camino. Llego a la típica sala de migraciones. Me llaman.

Cuando estaba en San Pablo, después de hacer el check-in, me di cuenta de que no había impreso uno de los documentos de mi beca que me podían llegar a pedir y, después de hacer averiguaciones, tuve que salir corriendo y andar un par de calles de aeropuerto para llegar toda transpirada a una salita en donde pude imprimir esa hoja. Y ahí estaba en Toronto con mi carpeta para presentarle a la clásica caracúlica mujer de frontera, que me decía no, esto no me sirve, es otro papel, a ver, traé para acá (sí, traduzco del inglés al rioplatense también). Ella misma se buscó en mi carpeta lo que necesitaba, era otra hoja que le había hecho imprimir a Germán hacía semanas. Pasó un rato con la caracúlica y luego me tocó la agente de nosequédepartamento de Salud, encargada de ver mi PCR mi plan de cuarentena y demás, que me hizo hasta deletrear mi mail para ver si mi cabeza funcionaba porque aparentemente el nuevo covid te debe hacer no poder deletrear. Pensó que mis documentos estaban en portugués (señora, usted me está derribando el mito del bilingüismo oficial de este país) y los tradujo con google translate. Y no me quiso dejar ir porque no tenía teléfono de Canadá. Tuve que llamar a mi contacto de la universidad a las 7 de la mañana, y no paré de transpirar.

Pero al final, todo pasó. Pasó todo.

Y llegué a mi vuelo. Y llegué a Montréal.

La que no llegaba era mi valija, me quedé última esperando y tuve que ir a reclamar ya entregada a que los malos momentos siempre van a pasar. Va a sanar, va a sanar y va a volver a quebrarse. Respirá. Después de un rato alguien encontró a mi equipaje por ahí perdido y me lo mandaron, un poco roto pero con mis cosas al fin. Y no respiré tranquila porque tenía una reserva de transporte que me estaba esperando, por suerte el señor Aéronavette estaba muy relajado y fue a buscar su combi para llevarnos a destino a mí y a un señor más.

Qué hambre que tenía. Pero en esos momentos todo se suspende y el cuerpo se adapta para que no nos demos cuenta. Después te cobra factura.



Pero al final, todo pasa. Pasa todo.

Y aquí estoy, en la residencia. 9 días de cuarentena, quedan 6 más y mientras voy preparando las siguientes aventuras. Respiro con mi Chi Kung de cada día. Este viaje ya es tan viejo que no puedo recordar cuándo empezó, sólo sé que voy andando por alguna parte.

Se había callado la heladera. Ahí volvió a sonar.



miércoles, 3 de febrero de 2021

Todo va a estar bien

 

Hace poco escuché una conversación entre Ed O’Brian y Jim Jarmusch en la que el primero le elogiaba al segundo la importancia de las transiciones en sus películas: cómo llegan los personajes de un lugar a otro, sus desplazamientos; básicamente, el lugar que tiene el camino, el ir, pero no tanto el llegar, en sus historias.



Estoy escribiendo en la transición de las transiciones, una escala de 11 horas en San Pablo que inicialmente debía ser de 5 o 6 pero así son los cambios de vuelos, de pronto te hacen instalarte en un Starbucks a robar wifi pedorro y tomar suco de laranja integral para sobrevivir al tiempo, recordar la nada transportadora de los días enteros en aeropuertos y que siempre fuiste mala con el portugués, más con barbijos de por medio. Pero tenemos a Ella Fiztgerald de fondo, alguien le hizo ese regalo a este rinconcito en el refugio de quienes, por algún motivo, estamos viajando en una época en la que viajar parece prácticamente imposible.

¿A dónde irá la gente que está viniendo a pedir capuchinos y juguitos? ¿Qué les pasó? Si los aeropuertos siempre fueron fértiles para la imaginación en mi cabeza, ahora las apuestas se redoblan y de algún lugar en mi cuero cabelludo florecen hipótesis sobre las vidas de las gentes cada vez más extravagantes. Me gustaría escribirlas y venderlas en una máquina expendedora como los ramos de flores que vi hoy.



Del vuelo que venía de Buenos Aires, somos 3 que vamos a tomar el mismo avión a Canadá. Hasta ahí llegó mi investigación. Cuando nos dimos cuenta de eso esperando en la cinta nuestras valijas que nunca llegaron (queremos creer que van directo a Canadá, pero quién lo puede asegurar en este momento), y después nos perdimos para encontrar la salida del free shop (creo que hicieron mal en seguirme a mí), tuve la ilusión de que se iba a armar un mini team para pasar las horas de desolación aeroportil juntes, pero nos dispersamos y ahora vamos como fantasmas vagando entre el primer y segundo piso de este lugar, sin cruzarnos, pero extrañamente yo siempre los termino viendo de lejos (¿tendré mal olor? Al menos puede que no tengan covid y estén oliendo).

No sé si es más divertido esto que seguir el hilo cronológico de los sucesos y contar cómo terminé llegando finalmente hasta aquí, los hisopados negativos las despedidas los miedos atravesados. Los aún pendientes. Pero es que ahora estoy acá, y este momento no puede ser más presente. Lo vivo y lo narro fresquito como espero que sea este jugo de naranja que me estoy tomando, sabe rico y emocionante y no sé si al apoyar mis labios en el vaso de plástico que lavé con mis dedos embebidos en alcohol en gel para hacerme la ecologista que no acepta sorbetes sin pensar aún en modo pandémico, el gerundio ayuda, vamos haciendo lo que podemos.

Me esperan cosas que no tengo ni la menor de idea de cómo serán. Dos vuelos más con migraciones en el medio, y después tantos planes, pero todo blanco, porque además de la nieve que seguro está cayendo en este momento, siento que todo puede pasar.

Ayer, buscando unas fotos, encontré un cuaderno mío del 2015, de la época en que estábamos por irnos a nuestro gran viaje con Ger. Lo abrí en una página en la que había un dibujo copiado de una foto mía con Toño que nos sacó una alumna de esas épocas, y un texto que se ve que escribió Anita cuando she has come unstock in time como Billy Pilgrim, mandándome mensajes desde el pasado, hablándome del “sentimiento de que todo lo que está por pasar es nuevo, el vértigo, la inseguridad. Empezar (o seguir) el juego de arriesgarme, no importa si la decisión después está mal. Porque en realidad, todo va a estar bien, siempre”.



Hoy me levanté a las 4 de la mañana.

Leo a Amy Fusselman: “Quiero dormir un sueño que sea como la nieve”.

Quiero que mi preocupación sea una sola. Cierro los ojos y se me aparece la imagen que me hice de la cara de Pepu cuando me escribió que, cuando supieron que se iban a ir por un año a vivir a Canadá, lo miró a Pablo a los ojos, y seriamente, le dijo: “en Canadá no hay bidet”.

 

 

domingo, 17 de enero de 2021

Amar las circunstancias

 

Dos cosas que siempre dije en este rollo de historias:

- Que los viajes siempre empiezan antes de subirse al avión, mucho antes.

- Que en las aventuras siempre tiene que haber un conflicto.

Ya ha pasado en tantas ocasiones, como aquella vez en la estación de Madrid en la quecasi perdemos nuestro vuelo a Croacia porque nos quedaron las valijas encerradas en un locker, o la vez (inédita, porque sobre ese viaje nunca escribí) en que nos quedamos sin plata en Río de Janeiro y no teníamos manera de llegar al aeropuerto: siempre hay un momento en el que todo parece estar perdido, no hay vuelta atrás y es caer en la desesperación, o respirar y soltar. Porque así somos les humanes, nos hace falta un poco de drama para sentir que estamos en una película y somos importantes.

Ese momento en el que todo pareciera estar perdido, para este viaje que se anuncia inquieto desde el principio, puede bien ser hoy.

 


El 29 de diciembre, al calor de la votación en el Senado para nuestra ley de IVE (y al calor del calor mismo, que el sol estaba fuertísimo ese día), fui al bendito Centro de Visas de Canadá a cumplir con el turno que tanto me había costado conseguir. Repito: nada en este viaje venía siendo fácil, siempre había alguna cosita más, como por ejemplo una cola larga en la entrada (porque pasábamos de a una persona, dado el covid) en un día de verano en capital, y que al entrar te tomaban la temperatura y mis 37.1° hicieron dudar a la que me midió la frente sudada, y un poco le tuve que llorar. Mis manos sudadas tampoco ayudaron con la toma de huellas digitales. Pero todo eso pasó, y apenas me bajé del auto en donde pudo parar Germán, me topé con un grupo de gente haciendo Tai Chi con una suavidad y una cadencia, que es como si el universo me estuviera diciendo que todo iba a estar bien.

Al día siguiente, en la misma mañana en que lloraba de emoción por la aprobación de la ley, me llega el mensaje: datos biométricos aprobados, visa aprobada. Todo verde, el mismo día. La agarré a Tundra y le dije: lo logramos. Bailamos. Maullamos. Lloramos.

 

El año empezó, entonces, con todos los trámites, porque claro, la cosa no se terminaba ahí. La cosa no se termina nunca, el universo es infinito, los viajes son infinitos, pero nunca un viaje empezó con tanto movimiento de energía, una lista de cosas por hacer o planear que no deja de agrandarse. El covid no ayuda, la burocracia tampoco, las reglas de Canadá tampoco. ¿Quién ayuda? No lo sé, el enanito que empuja la rueda de las circunstancias, la voluntad que me brota de la panza, y varias personas, pero sobre todo Germán.

El viernes 8 me llegó el pasaporte con la visa pegada, nuevo llanto con Tundra y con celebración. Mis 4 meses de investigación allá eran legales. Mi vuelo, el 3 de febrero, con tiempo de sobra para organizar. Ahora que ya tenía todo, por fuera de toda la planificación que me quedaba, solo dos cosas parecían interponerse entre mi cuerpito y el avión: que cancelaran los vuelos, o que me contagiara covid. Solo esas dos. Mientras tanto, me fui ocupando de planear mi cuarentena (al llegar allá tengo que encerrarme 14 días): en dónde, cómo, por qué. También de conseguir un lugar para vivir después de la cuarentena, y de mil cosas más. En el medio me invitaron a empezar a cursar un seminario online de allá, que empecé a cursar el miércoles pasado y en donde también el universo ya me está mandando señales o riéndose de nosotres. Pero eso quedará para el capítulo siguiente.

 

¿Cuáles eran los posibles conflictos que dije…? Ah, sí, no contagiarme covid. Ante de ir. Porque tengo que llevar un test negativo. No-contagiarme-covid. ¿Cuánto poder tiene la mente en estos casos? ¿Nos pone todos nuestros miedos adelante para que podamos atravesarlos?

Ayer a la tarde nos enteramos de que la mamá de Germán dio covid positivo. Estaba bien, sin síntomas muy graves. Germán la había visto el día anterior. Con precauciones (él es un chico precavido), pero se habían visto. Esta situación desencadenó toda una serie de preguntas y teorías que no vale la pena recrear para les lectores (si alguien llegó a leer hasta acá) que siguen las noticias de la pandemia mundial. Pero si siguen las noticias de Anita, si la conocen un poquito a ella y sus miedos y sus historias, podrán entender el llanto asustado y la sensación de que todo estaba perdido porque, otra vez, esos son los dramas que nos construimos.

Así que decidimos aislarnos Ger y yo, por si quedaba alguna posibilidad de que él estuviera contagiado y no hubiese llegado aún a contagiarme a mí.

Estoy desde ayer aislada sola en el departamento de mi mamá, que muy generosamente aceptó quedarse en otro lado. Todo es muy raro, hacía mucho que no venía a este lugar, y siento ahora más que nunca que el viaje (¿o la película?) ya está rodando. El miércoles irá Germán a testearse a ver cómo sigue la cosa.

cuarentena en lo de mamá, día 1

cuarentena en lo de mamá, día 2

mamá y sus recetas en la heladera

Escribo ahora para intentar apagar la tele de mi cabeza o cambiar de canal y entregarme a lo que sea, darle amor a las contracturas que me están acechando desde hace días y sobre todo a las circunstancias y a la vida, porque si el amor brotó con lágrimas y con fuerza al momento de celebrar, más potente tiene que brotar ahora para atravesar lo que venga.

 

 

 

sábado, 12 de diciembre de 2020

Una cuestión de fe

 

Nunca nada tan mío como este blog, que se especializa en subidas y bajadas, idas y venidas, vacaciones que no son vacaciones, viajes que empiezan a viajarse –como todos- antes de ser viajados.

Nunca nada tan mío. ¿Será por eso que vengo a mojar las patitas de a poco por acá, a ir abriendo las puertas para que se ventile este cuarto que, aunque cerrado, jamás fue olvidado?

¿Y qué voy a contar? ¿Cuento lo que me da miedo decir, porque aún no sé si se podrá materializar? Again: viajes que se viajan antes de ser viajados.

Hace tiempo quiero ir a Canadá. Aún no termino de comprender los orígenes de ese deseo. En febrero armé un dossier que envié con todo mi amor a ese Norte del misterio, entregada con el corazón. En octubre, en un mundo muy distinto al de ese febrero, me llega un mail: “votre candidature a été selectionnée”, te damos la beca en el medio de una pandemia, vos fíjate cómo hacer. En el medio, mi profesor de contacto en la universidad de allá ya me había anunciado que se suspendían los intercambios, mi pequeña fueguito esperanza ya se había apagado, y Germán, luego de años de negación, había aparecido un día en casa con una gatita bebé.

Tundra.



Y es que no se me ocurre otra manera de que sucedan las cosas: así, perfecta, maravillosa, impredeciblemente.

Al principio no lo quise creer. Ni la gatita, ni la noticia de la beca que llegó una semana después.

Después me convencí.

Un día hablé por teléfono con una señora de la universidad de allá, que me propuso ayudarme con los papeles, porque todo es virtual, y porque la burocracia canadiense es otro de esos misterios que jamás voy a descifrar. Un laberinto construido por duendes malvados. Fuimos avanzando en distintos pasos hasta que, en un momento, hizo una pausa y me empezó a hablar de algo que yo no entendía (pero ¿por qué iba a entender, si no entendía nada, porque no me hablaba ni en francés, ni en inglés, sino en la lengua de los trámites imposibles?): “el Centro de Colecta de datos biométricos está cerrado en Argentina”, me dice. Sin los datos biométricos, no se puede avanzar en el trámite, y por la pandemia, ese centro estaba cerrado. El más cercano abierto estaba en Ecuador. “Entonces, ¿eso puede trabar todo?”, “Lamentablemente sí”.

La señora me dio en ese momento dos opciones: o bien laisser tomber (dejar ir, ciao, a otra cosa mariposa), o bien empezar los trámites igual, pagarlos de mi bolsillo, y cruzar los dedos para que el Centro abriera en las próximas semanas, lo cual era una posibilidad. Y como todo es una cuestión de fe, por supuesto, me decidí por la segunda.

Y dedicarme a entrar sistemáticamente todos los días a la página del bendito Centro a ver si abrían.

Hasta que abrieron.

Pero antes de abrir, como la vida misma, decidieron jugar con mis sentimientos: decirme que no, que sí, darme un turno equivocado para un día feriado, anunciarme que ya no había más turnos, responderme cosas confusas e incoherentes, hacerme gritarle a un pobre supervisor de un call center mexicano. La vida, el 2020, el universo, la suerte, algo hace que las cosas no sean nada fáciles por estos momentos.

mensajito de Ger para que consiga el turno

Así que conseguí un turno para el 29 de diciembre. Nada me asegura que los trámites lleguen a tiempo: aún no sé cuánto tiempo tardan los papeles después de la pasada por ese Centro, y la fecha límite de llegada a la universidad es el 1ero de marzo, pero como tengo que hacer 14 días de cuarentena aislada al llegar, mi fecha límite para salir del país se convierte en algo así como el 13 de febrero, con lo cual los tiempos se acortan y todo sigue siendo incierto.

El 29 de diciembre. Se me activa la red de la vida cuando pienso que un lunes 28 de diciembre de hace 5 años estaba en la Embajada de Francia pidiendo una visa para el que fue nuestro gran viaje. Y que un año atrás de eso, algo así como un 30 de diciembre de 2014, estaba en el Institut Français dejando un dossier para una beca que no fue aceptada, justo un día después de una “primera cita” con Germán. Si todo es una cuestión de fe… Elijo confiar en estos pequeños mensajitos del calendario.

Y que la trama se siga tejiendo como viene, así, con la libertad de ir y venir, pero siempre llegar en el momento justo.

 

lunes, 2 de diciembre de 2019

Elena se va de viaje a Islandia

Es abril, o mayo del 2012. Apenas empezando la facultad. Elena baja a abrirme la puerta y subimos juntas hasta el piso 14 (¿o 13, o 12, quizás?). Cuando se abre la puerta del ascensor y entramos al departamento, con la luz de la mañana, hay también una sensación de cosas que se estuvieron charlando. Cata está sentada en el sillón en forma de L, a su alrededor el mundo de cosas que habitan la casa, pequeños y grandes objetos de colores, libros, instrumentos, juegos. Elena me mira con cara de “no sabés lo que estás a punto de escuchar”, y le hace señas a Cata.
Y Cata empieza a hablar.
Nos cuenta que vivió siete años en un barco, nos cuenta del novio francés de su mamá, nos dice que ahora viven en Uruguay. Nos habla de Ushuaia, de la escuela a distancia, de la Antártida, de viajar. De lugares. Y nos dice que estuvo en Islandia.
- ¡¿En Islandia?!
Sí. En Islandia. Lo cuenta como si no tuviese tanto de lo que hablar, como si no fuese gran cosa, y Elena y yo no damos más de la alegría, de la emoción, de la curiosidad. Nos brillan los ojos. Nos late fuerte el corazón. Islandia. El país de Sigur Ros. El país de Björk. Islandia.

Cuando escribía en este blog, cuando escribo en este blog, mientras voy desentramando los relatos como tiras de papel, a veces pienso (por supuesto que pienso) en personas. Que si tal lo lee, que si tal lo leerá. Me van modelando el relato. Y el relato me va modelando la vida. Cuando estuvimos en Islandia en octubre de 2016, como parte de nuestro gran viaje, pensé más de una vez en Elena y Cata. En los ojos brillantes de Elena. Y en por qué se me dio por leer y hablar de Vonnegut, el mismo que le dio nombre a la librería en la que ella supo trabajar. En qué será de la vida de Elena.
Porque no nos vimos más, o nos vimos muy poco.


Pero ahí estaba yo, sintiendo los duendes y el olor a pedo de los humitos de los cráteres de Islandia, perdiéndome en los bosques, escuchando la ferocidad de las cascadas, mirando la aurora boreal, y como Billy Pilgrim, sabía pero no sabía que el tiempo va tan para adelante como para atrás o en realidad a ningún lado, y que hoy, en diciembre de 2019, en un día de sentirme de viaje en mi ciudad, iba a encontrarme en la calle con Elena, y que ella me iba a contar que se iba a Islandia el mes que viene. Hoy que es como una esfera o una espiral, hoy que busqué unas fotos de un rollo que saqué hace más de cuatro años, hoy que tan atemporal fue todo, que me olvidé que tenía una alumna y la dejé plantada. Algo que, en seis años, jamás me sucedió.

de 2014, descubierto hoy.

- Tenemos que volver a Islandia, le digo cada tanto a Germán.
Pero hay algo que es como una tela que nos teje sola, sin que hagamos nada. Es imposible saber. Lo que sí, ahora que se va Elena, y que siento que entonces yo también voy a viajar, me parece que hay algo que el universo está entendiendo.

martes, 19 de noviembre de 2019

Uruguay es el mejor país


Algo pasa con los viajes en el espacio que siempre terminan siendo viajes en el tiempo. Desde que Billy Pilgrim has comeunstuck in time aquella vez en París, para mí es una verdad ineludible. Este fin de semana largo nos llevó por caminos temporales inesperados: quien se anime a leer hasta el final este texto descubrirá todas esas rutas distintas, y armará su propia trama de razones por las cuales viajar por tres días a Colonia valió tanto la pena. Yo ya tengo la mía.


Hacía tiempo que quería retomar estas crónicas, una vez que entendí que el viaje nunca se termina, pero la mezcla del miedo y la rutina pueden paralizarme mucho (por ejemplo, siempre me quedó pendiente contar de nuestras aventuras en Río). Cuestión que acá estoy, escribiendo como si el tiempo no hubiese pasado y otra vez los autos jets aviones barcos.
Decidimos ir a Colonia por el fin de semana largo, sacamos los pasajes intentando no horrorizarnos de lo que cuesta cruzar el charquito, dos veces buscamos hospedajes en Airbnb y finalmente nos decidimos por uno. Ahí estábamos el sábado al mediodía, en medio de una masa de gente rodeada por una cola incomprensible de más gente en un gran salón de embarque en el que nadie entendía nada. Cuando por fin nos dejaron embarcar y pasamos como ganado apretujado, en la rampita que bajaba hacia la manga, una señora me agarró del brazo para sostenerse sin preguntarme nada, y yo sentí que estaba conectada al mundo. En realidad me reí con ternura, pero pensándolo bien, fue el primer indicio de que ese fin de semana yo estaba de algún modo al servicio del mundo, siendo parte de la gran cadena de cosas que pasan, la gente que necesita apoyarse, la señora que necesita saber qué perfume del free shop es más rico, la que me sonríe porque ahí estoy, y el mundo estaba también ahí para mí si prestaba suficiente atención.

Del puerto de Colonia a lo de Stefani caminamos unas cuadras, Colonia hasta ahí solo parecía una confirmación de que Uruguay es como una provincia de Argentina, Stefani hasta ahí solo parecía una anfitriona buena onda, una linda habitación. Enseguida salimos a descubrir el casco viejo, a devorar nuestra primera comida cuyos precios no podíamos entender de lo caros que son (pero ¡gracias Uruguay por darme tantas opciones veggie, a pesar de hacer excesiva propaganda del asado!), y caminar muchísimo, tanto que no se entiende cómo hicimos, porque el lugar es chiquito, pero se ve que lo pispeamos desde todos los costados.
Encontré esta pizzería medio cambalache usando mi remera de las tres gracias

como siempre, entregada al paisaje

Yo había comprado un rollito el día anterior, decidida a retomar la fotografía analógica, emocionada de volver a jugar con Pepe, mi cámara que no tocaba hacía al menos cuatro años, la misma cámara con la que mi papá tanto había trabajado y con quien había viajado a Cuba a visitar a mi mamá allá por el ’87, y así un eterno loop de digresiones temporales. Así que ahí estaba gatillando como loca bajo el sol, un señor se me acercó, me pidió sacarme una foto sacando fotos (¿?), él era fotógrafo y me dijo que yo era una heroína por usar esa cámara. Charlamos un poquito y seguimos nuestros sonrientes caminos.

Cada tanto escuchábamos un poco de francés, un poco de inglés, y recordábamos esa sensación de los idiomas clase turista. Vimos al sol ponerse en el río y al cielo hacerse naranja, rosa, violeta. Colonia, con sus callecitas de piedra y sus casas antiquísimas, se iba haciendo cada vez más linda. Nuestro viaje, cada vez más nuestro, riéndonos de las pequeñas cosas ridículas, o de la nada, pero sobre todo riéndonos mucho. Si algo hicimos en este viaje fue reírnos, no sé si es que antes también lo hacíamos tanto, o que estos últimos años fueron un poco duros y aprendimos a disfrutar y reírnos todavía más de esos momentos. O de la vida. Qué se yo.

cosas de Colonia 1: gente cruza triste rayos de sol
cosas de Colonia 2: mensaje en el museo

cosas de Colonia 3: ...esto.

cosas de Colonia 4: un sol que se parece a Germán

el museo del mosaico (que prácticamente era solo esto)

mostrando lo alta que soy



A la noche descubrí que en el baño de nuestro Airbnb había una pasta de dientes monoprix (marca de supermercados francesa) y me dormí pensando en quién se alojaba en la habitación de al lado. En el desayuno nos encontramos con ella, Léa, (y su ¿pareja? de Avellaneda) no solo francesa sino también traductora, artista y tarotista. Intercambio feliz, mirá vos lo que es la vida, la casa de las traductoras, todo tan gracioso, bonne continuation, vengan a La Plata, quedamos en contacto.
Nos fuimos sonriendo por el encuentro rumbo a un no-free walking tour que valió la pena aunque fuera bajo el rayo del sol del mediodía, aprendiendo sobre casitas y calles portuguesas o españolas del 1600, en Colonia ya sentíamos que éramos siempre las mismas personas desde que nos bajamos del barco, cruzándonos una y otra vez por los restoranes y los puntos turísticos, a veces saludándonos. Ya sé que la gente de vacaciones suele ser más amable, la gente que trabaja con gente que está de vacaciones también tieneque serlo (comprobado en carne propia), pero no me importa, yo sostengo que en Uruguay la gente es más buena onda. De hecho, mi teoría es que en Uruguay todo es mejor, probablemente hasta yo misma, y hasta ahora nada me impide afirmarlo. Un día vimos a un tipo flameando una bandera gigante que según Germán parecía la de Paraguay, más tarde Stefani y su novio nos explicaron que pronto hay elecciones y hay peligro de que gane la derecha: la bandera tricolor era del Frente Amplio, partido que está hace tiempo y con el cual conquistaron muchos de sus actuales derechos; después vimos la otra, “la de los malos”, de derecha, que flameaba desde autos conducidos por viejos (yo imparcial, jamás). En todo caso, si los malos ganan, lo podemos discutir.

pero lo que importa es el amor, el amor blanco y heterosexual

El domingo a la tarde, entonces, decidimos volver a ducharnos y descansar un ratito antes de ir a ver el atardecer desde arriba del faro. Después de la ducha y el descanso nos dio hambre y saqué un budín que había llevado. Fuimos al comedor a buscar un cuchillo, y no sé por qué, me quedé mirando la casa, en algún punto llegué a un estantecito con algunos libros, y miré. Y de pronto vi algo conocido, pero que mi cerebro no pudo procesar inmediatamente. Me llevó algunos segundos entender que ahí, en ese lugar, en esa casa que habíamos elegido para hospedarnos del otro lado del río, había un libro de mi abuelo. Mi corazón hizo como plop y cuac al mismo tiempo. No me atreví a tocarlo: le dije a Ger “mirá, mirá quién está ahí”. Quienes me conocen o me han leído saben lo que significa para mí mi abuelo, sulibro, su historia. Basta ver todo lo que hicimos este año para ir a conocer algo más de él al otro lado del mundo. Y saben que, a veces, suelto por ahí alguno de sus libros. La segunda sorpresa fue agarrarlo, abrirlo, y leer mi propia letra, como si fuese otra persona que venía de lejos: 25 de junio de 2017. ¡Hola! Si encontraste este libro, es tuyo. Y el mensaje seguía. Escalofríos. Conexión. Mundo. Y, sí.



El libro de mi abuelo solo se editó acá en Argentina, solo esa vez en 2008, no circuló demasiado. Por eso fui, fuimos dejando y soltando ejemplares por varios lados, al azar. Justo esta vez, me había olvidado de llevar. En 2017, año en que volvimos de nuestro viaje, alojamos en casa a Gwen y Alex, de Francia, pareja que nos había alojado el añoanterior en Strasboug y estaba viajando por toda América Latina. Les dimos dos libros, y cuando se fueron, iban rumbo a Uruguay. Pero ¿se habían alojado en la misma casa, justo ahí? ¿O lo habían dejado en otro lado y alguien lo había llevado a ese lugar? Nos surgieron tantas preguntas, y a la vez, la magia hizo que nos vayamos al faro a disfrutar de esas cosquillitas en la panza. A la noche, de vuelta, encontramos a Stefani y le contamos la historia. Ella tampoco lo podía creer: de hecho, no recordaba de dónde había sacado el libro, y no lo había leído aún. En 2017 todavía no tenía su Airbnb, así que la primera tesis fallaba; pero sí trabajaba en un hostel en donde Gwen y Alex podían haber dejado el libro, y ella podría haberlo agarrado porque, oh casualidad, le interesaba todo lo que tenía que ver con la segunda guerra mundial. En verdad, todavía no sabemos bien cuál fue su recorrido. No sé quién la flashó más, si ella, nosotres, mi abuelo desde el más allá. Este universo es como una gran risa loca.

Todo esto fue como una gran inyección de energía, porque al otro día, con todo el cansancio y el calor que teníamos, igual le alquilamos dos bicis a un señor de por ahí y nos recorrimos los 6 km de costanera hasta la Plaza de toros, paseamos, se me voló el sombrero unas cuantas veces y nos sacamos la correspondiente foto con las letras que dicen Colonia.


posando para Liber que siempre me hacía posar así

cuidadoooooooo todooooooooo


Podría seguir mucho más, porque se ve que tenía las ganas de narrar como atragantadas en el cuerpo. Pero quizás sea hora de retomar la historia de mi abuelo, y otro gran viaje que todavía no pude procesar. Quizás por eso ahí estaba, acompañándonos. Como siempre.
Ya veremos qué pasa.




PD: este post tiene muchos links que son como viajes en el tiempo. Pueden abrir pestañas hasta cansarse. Sepan disculpar, soy de géminis (¿?).