miércoles, 13 de marzo de 2019

Lo que está y no se usa nos fulminará


El domingo en Brody fue despertándose la crudeza del invierno. Hizo frío, mucho frío y hubo un viento helado que me hacía volar la bufanda. El día empezó con una confusión extraña en el restaurant del hotel, a donde quisimos ir a desayunar y la mala comunicación nos terminó llevando a reservar una cena que resultó carísima y escasa, pero eso no fue lo importante.

Habíamos ya encontrado cuando hacíamos averiguaciones en internet que en Brody estaban las ruinas de una gran sinagoga, digamos que podría ser una especie de punto turístico de la ciudad. Así que decidimos ir a su encuentro. Caminamos algunas cuadras, nos pasamos, volvimos, y cuando de pronto apareció el edificio como de la nada, por algún motivo sentí que tenía que detenerme. Y me atravesó un frío helado, que venía del viento o de adentro, o de otro lugar.

He visto muchas ruinas en mis viajes, algunas más viejas que otras, algunas mejor o peor conservadas. Pero esta me activó con su presencia algo distinto, quizás por saber cuán ligada debe haber estado a la historia de mi familia, una de las tantas familias judías que habitaba en la ciudad antes de que el exterminio nazi diera como resultado lo que estaba viendo en ese momento: más que una ruina, un edificio abandonado, un edificio asesinado cuyo cuerpo había quedado al descubierto, un edificio enfrente de un patio de juego de niños, enfrente de viviendas, enfrente de veredas por las que la gente pasa sin prestarle atención a pesar de su gran tamaño. El frío se convirtió en tristeza. Esa ruina también es testimonio de que ya no queda una familia judía en Brody, pero además, el abandono pareciera mostrar que a nadie le importa. Hay un cartel informativo, es cierto. Pero lo que a mí me impresionaba es algo que difícilmente pueda expresar ahora, y que me hizo pensar en un elefante muerto.








Caminamos después por una zona cercana que creímos podría haber sido el gueto, en donde sabemos que estuvieron, al menos, la madre y abuela de mi abuelo. Y después fuimos en busca de calor y comida, y por supuesto terminamos comiendo en Food Factory, el lugar en donde atendía nuestra reciente amiga ucraniana, que al día siguiente iba a hacernos el favor de preguntar por nuestros apellidos en el archivo de la ciudad. Así que tuvimos nuestra dosis de amor y alimento, y decidimos seguir con las visitas fuertes del día. Vimos que había dos cementerios judíos: apareció, en una vista aérea de no sé qué año que consiguió Migue, un supuesto cementerio antiguo, que fuimos a buscar y nos encontramos con una cancha de fútbol (¿?), y luego uno “nuevo”, que de nuevo mucho no podía tener porque, como dije, familias judías, desde hace tiempo ahí ya no hay. Pero quizás podríamos encontrar la tumba de algún antiguo familiar… En todo caso, no teníamos otra cosa que hacer, así que fuimos igual.

Para ir a este cementerio tuvimos una larga caminata que nos llevó a las afueras de la ciudad, así que tuvimos la oportunidad de conocer nuevos lugares (la calle principal ya la conocíamos de memoria a esa altura). Cada vez había menos gente (de por sí mucha gente no circulaba por la ciudad), algunos perros en el camino, y cada vez más silencio.
 
(a la izquierda, la sinagoga; a la derecha, una de las iglesias...)


Hasta que llegamos, y el silencio se hizo de pronto más oscuro y misterioso, y el viento otra vez más frío. De nuevo nos encontramos con un paisaje de abandono. Sé que los cementerios en sí no son lindos lugares para pasear, pero también hay distintos, están los bonitos y turísticos como el de Recoleta o Montparnasse, están los comunes a donde la gente va a enterrar o llorar o a descansar en paz, y está este cementerio, en las afueras de una pequeña ciudad ucraniana, que guarda el tremendo peso de la historia, la Historia o las historias que terminaron en ese lugar. Quizás las imágenes aquí también hablen por sí solas. En algún momento, me hizo pensar en Carnac, sitio arqueológico de alineamientos megalíticos (de piedras) prehistóricos, quevisitamos con Ger en Francia. No encontramos a ningún pariente, entre la gran extensión del cementerio, las lápidas tan antiguas que ya casi no se podían leer, y además casi todas en hebreo.







El lunes era el gran día, porque teníamos cita con Marina, nuestra autoconvocada mensajera, y sólo dos horas más para despedirnos del pueblo antes de tomarnos el tren de vuelta a Lviv. Así que nos pasamos la mañana preparando todo, y al mediodía salimos y del cielo caía aguanieve, así que paraguas en mano y capuchas puestas encaramos para Food Factory. Ahí nos esperaba ella, que nos comunicó que no encontraron nada certero, aunque uno de los apellidos le era conocido al director del museo, y nos recomendó que le escribiéramos para darle más información al respecto. Charlamos un rato, le contamos sobre el taxista que se parecía a mi abuelo, ella nos averiguó en dónde era realmente el gueto, y le regalamos uno de los libros que trajimos para desparramar por el viaje. Nos despedimos con un sushi vegetariano y un abrazo.

despedida con Marina y el libro


Volvimos para Lviv, a nuestro airbnb que a último momento nos cambió de lugar por un problema que tuvo, y nos dio un departamento súper céntrico, pero justo del otro lado de la “old town”, justo el lado que no habíamos llegado a conocer, así que todo perfecto. Pensé que si desde el principio nos hubiésemos alojado en ese lugar, quizás no hubiésemos sacado todas las conclusiones que sacamos para llegar a encontrar la escuela de mi abuelo, que habíamos encontrado hace unos días. Todo perfecto. Tuvimos nuestra merecida cena de borscht y varénikes rica y barata en un restaurant que parecía que nos iba a arrancar el moño y nos lo dejó mejor puesto que antes, y nos dormimos para encarar la aventura que nos esperaba muy temprano al día siguiente.











PD escrita en un bus: me olvidé de contar que antes de irnos, encontramos en la estación al taxista que nos había llevado a la ida, que se parecía a mi abuelo, intentamos explicarle en ucraniano nuestra impresión, le mostramos una foto y le preguntamos su nombre. Obviamente el apellido no parecía muy de pariente nuestro, pero al menos le hicimos reír y nos despejamos la duda.

sábado, 9 de marzo de 2019

Las cosas quedan


“Es que si las dejás, las cosas quedan…” fue mi sabia reflexión tres años atrás visitando pueblos medievales cuando vivíamos en Francia. Y sí, las cosas, quedan.
Por ejemplo, la escuela primaria a la que fue mi abuelo en Lviv, alguien la dejó… Y todavía está ahí. Solo que no sabíamos que estaba a dos cuadras de donde nos estuvimos alojando. Ayer a la mañana salimos en su búsqueda, sabiendo cuatro cosas: la escuela estaba en un parque, cerca del cuartel de bomberos, cerca de fortificaciones medievales, y a ocho cuadras de su casa (cuya cuadra habíamos descubierto el día anterior, como le lectore recordará). Los cables se empezaron a conectar cuando Migue encontró que había un cuartel de bomberos cerca, así que fuimos a verlo, era un edificio hermoso, el parque  estaba ahí al lado, y la escuela que encontramos en google maps estaba por ahí cerca. Fuimos a buscarla, y cuando llegamos, le preguntamos a un señor que estaba en la puerta… que solo hablaba ucraniano. Gracias a duolingo otra vez entendimos al menos un octavo de lo que dijo, además de que él entendió nuestras preguntas, y nos explicó no solo que esa no era una escuela, sino un montón de otras cosas innecesarias más. Después de la agradable charla, seguimos buscando, rodeando el parque. Madre se paró frente a otro edificio antiguo (aunque cuál edificio no será antiguo por ahí), lo miró, y paró a una mujer que estaba por entrar… que por suerte hablaba inglés. La mujer, otra vez, nos explicó que eso no era ni había sido una escuela, nos contó toda la historia del edificio y por qué ella trabajaba ahí, y después de explicarle lo que estábamos buscando, nos señaló un edificio blanco que estaba ahí en el parque, a media cuadra, y nos dijo que se le ocurría que podía ser ahí. Es un edificio viejo, nos dijo, está todo renovado, pero si se fijan, en una parte se puede ver un pedazo de pared antigua. Fuimos. Y era: había un cartel que decía “1818-2018”, y aunque no pudimos entrar porque era feriado, Migue la googleó y todos los datos coincidían. Todo lo que nos había contado mi abuelo, era cierto.
caras raras en la escuela

Así que alegría, alegría (o emoción para mamá que siempre llora), y después partir rápido a comer y a la estación porque teníamos un tren que tomar. A la estación llegamos temprano, y para esperar encontramos dos opciones: una sala de espera más bien vacía, en la que había que pagar para entrar, y una sala de espera llena, a la que entramos y en la que nunca me sentí tan observada. Ya la gente nos había mirado bastante por la calle, pero en ese momento fue mucho peor. Con todos los bártulos, nos fuimos ubicando e integrando, si es que era posible, al paisaje del lugar, una sala enorme ocupada en su mayor parte por gente grande, señoras con pañuelos en la cabeza y bolsas con comida, y algunes jóvenes también. El tren no fue mucho mejor, porque entre la desinformación y la pinta de turistas que tenemos, seguimos estando en la mira de la gente, que, sin embargo, siempre nos ayudó cuando necesitamos algo.

Después de una hora, llegamos a Brody. Si bien Lviv fue una ciudad importante para mi abuelo, el verdadero origen de nuestra familia se encuentra en esta ciudad. Brody es, diríamos, su ciudad natal, la ciudad de toda su familia materna, la ciudad en que mi bisabuela se casó con el padrastro de mi abuelo, la ciudad en que mi bisabuela y tatarabuela fueron asesinadas por los nazis.

Como el resto de las cosas maravillosas que habían pasado en el viaje hasta ese momento, la llegada a Brody fue con el sol del atardecer. Y el taxista que nos llevó al hotel era igual a mi abuelo.



Hace ya día y medio que estamos acá, y ya constatamos varias cosas básicas, como por ejemplo que es una ciudad muy pequeña, casi un pueblo, que casi nadie habla inglés, que de noche es tremendamente oscuro y casi no hay lugares donde ir a comer, y que la mayoría de las construcciones son viejísimas. Muchas ya eran viejas cuando mi abuelo vivió acá. Descubrimos el gymnasium (escuela) en donde probablemente  él haya terminado su secundaria cuando su familia volvió de Lviv; también visitamos el “castillo de Brody”, aunque antes nos encontramos con una gran feria mezcla de feria americana y paraguaya, en donde terminamos comprando una buena cantidad de medias a precio insólitamente barato. Cosas que pasan. Los contrastes entre la antigüedad de los edificios (y de mucha gente) y los carteles de los comercios (a lo pueblito del interior de la provincia de Buenos Aires) es increíble. Hay como un aire triste un poco extraño.

pueblo fantasma

la feria (no quise sacar muchas fotos porque ya nos miraban mucho)


el "castillo"








Y por tercera vez nos pasó lo mismo: hoy, descansando en el hotel, descubrí una página de fotos viejas de Brody en donde se veía un edificio que ya habíamos visto más de una vez (la ciudad es tan chica que pasamos varias veces por el mismo lugar) y le había sacado una foto porque me había llamado la atención. Le mostré a Migue la coincidencia de las dos fotos, volví a la foto antigua y vi que había más información: no solo era el mismo lugar, sino que ese edificio era el Hotel Bristol, el hotel al que mi abuelo fue cuando volvió a Brody después de la guerra, en donde conoció a una novia que tuvo en ese momento. Después constatamos que había un cartelito. Otra vez, la información estaba enfrente de nuestras narices y tardamos en reaccionar. Pero igual, qué suerte que llegamos a enterarnos.
el hotel Bristol

La gente resultó mucho más simpática de lo que esperábamos, o de lo que sus caras transmiten. Cuando mamá pregunta si hablan inglés, la mayoría se ríe y dice que no, y cuando ven que con Migue hablamos un poquito de ucraniano, nos empiezan a hablar como si entendiésemos todo. Y ahí empieza un ida y vuelta muy gracioso. Todas las charlas que tuvimos fueron amables. El premio se lo lleva la única chica que habla inglés del pueblo, que encontramos hoy en el único lugar que encontramos para almorzar (un lugar de sushi o comida oriental que se llama “food Factory” muy poco tradicional). Cuando nos atendió, nos dijo que nos había visto esta mañana y sabía que íbamos a ir. Se ve que ya nos fichó todo el pueblo. En fin, charla va charla viene, iniciativa de madre, terminó ofreciéndose a ir el lunes al archivo de la ciudad a preguntar por los apellidos que le dimos en una listita, porque dijo que si no hablábamos ucraniano no íbamos a poder. Así que he allí nuestra mensajera, pronto la reencontraremos y veremos cómo continúa esta historia.

jueves, 7 de marzo de 2019

Volver


Volver a este lado. Volver a este lugar, volver aunque me digan que nunca haya estado. Volver a viajar, volver a este continente, tomar cuatro aviones en dos días, atravesar controles fronteras free shops bandas horarias, observar escuchar jugar a adivinar, crear para mí un espacio tiempo. Volver a escribir acá. No saber cuánto revelar de mis proyectos internos. No saber bien develar mis proyectos internos.
Hace tres años viajé mucho tiempo con Germán, y dije “el viaje es nuestro”. Ahora, aunque, después de haber viajado sola más de 24 horas, me haya encontrado ayer con mi mamá y mi hermano, este viaje me pertenece. Desde el principio… desde antes de haber nacido.

Siempre termino haciendo cosas medio raras, no sé si por buscar que sea todo más barato o por ser tan rebuscada: me tomé un avión a Barcelona (con hambre porque low cost), pasé por la aduana, esperé, me tomé otro avión a Praga, me encontré con mamá y Miguel, nos tomamos un avión a Varsovia, esperamos, nos tomamos un avión a Lviv, pasé por otra aduana otra vez, pedimos un uber fallido, pedimos un uber again, y media hora después, recién ahí llegamos. Llegué.


el atardecer desde el avión fue un regalo hermoso

Nos recibió Anatoly, padre del dueño del airbnb que alquilamos, que no sabía hablar inglés pero tenía toda la onda del mundo, así que fue la primera prueba de que duolingo funciona y casi que nos entendimos todo con fluidez… Por así decirlo. Ucraniano y español, casi lo mismo. Ya era de noche, así que ducha rapidita, comer en un restaurant georgiano (¿será así el gentilicio de Georgia?) en donde comimos “khinkali” y otras delicias, y salimos por una caminata nocturna.

Migue practica su cara de ucraniano

cómo comer khinkali (son como empanadas hervidas, la masa parece cruda)

se lee "iak icte jinkali"


la escalera de casa


Los viajes son maravillosamente ricos. Abundantes. Puedo contar tantas cosas acá y aún seguir sacando poniendo sintiendo escribiendo tanto más. ¿Por qué vinimos a Lviv? Porque acá vivió su infancia mi abuelo, porque fue parte de su historia y por lo tanto de la nuestra. Así que hoy nos dedicamos a excavar un poco en ese asunto. Pero antes teníamos que ir a la estación, y las aventuras empezaron desde temprano.
Esperando el tranvía mamá le preguntó algo a una señora que resultó ser francesa, así que oh voilà ahí estaba hablando la casi recibida traductora (hola, moi), muy tranquila hasta que llegó el tranvía y yo era la encargada de comprarle el boleto a la conductora (dato de color: solo vimos conductoras mujeres, y acá hay muchos tranvías) y en el apelotonamiento de subir con la gente y la especie de cola que se armó la francesa empezó a gritarle a un tipo que le había robado, me dijo méfiez vous de ce type il m’a volé, después le gritaba where is my wallet, you stole from me, el tipo tenía cara de sorprendido y mientras tanto la gente seguía comprando sus boletos y cuando me llegó el turno le pasé por la ínfima ventanita el billete a la conductora que me empezó a gritar cosas que no entendía, probablemente putéandome por no darle cambio, todo increíblemente confuso hasta que tuve nuestros tickets y finalmente madame se bajó para buscar a la policía. Y sí.

la estación

¿quién tiene cara de ucraniano?

En la estación nos llevamos un par de fiascos con respecto a los viajes y horarios que habíamos visto en internet y los que nos proponían, pero decidimos aceptar y seguir caminando. Volvimos caminando deshaciendo el camino que habíamos hecho con el tranvía. Paramos en un lugar a comer deliciosa y barata comida, borscht y varénikes, que en español no sé muy bien cómo se escriben. Recorrimos bastante Lviv, o Leópolis, yo fascinada por los edificios antiguos  y hermosos que parece que se caen a pedazos, como en el que estamos ahora, aunque por dentro los departamentos están todos nuevitos o refaccionados. Encontramos un cat café (el primero al que entro en mi vida, fui feliz a pesar del olor a meo). Nos reímos de la cara de orto de la gente acá, también nos sorprendimos con algunas sonrisas. Creo que la gente joven sonríe más. Y a veces nuestro rudimentario ucraniano despierta alguna simpatía.
todo por dos pesos ucraniano (posta)


borscht

"aquí viven gatos"

encontramos una especie de feria de pasillos archiestrechos

cat café
amor



ah, acá mañana no es paro: es feriado nacional, y a las mujeres... se les regala flores. Hoy andaban todas así. No importa, tardará un poco más, pero acá también se va a caer.


Tardamos un rato en encontrar el archivo de la ciudad, en donde la única persona que sabía inglés solo logró mostrarnos un registro de impuestos pagados por judíos en el año 36 y 37, encontramos a alguien que podría ser el padrastro de mi abuelo y sacamos una foto antes de saber que había que pagar para sacar fotos (¿?), pero no se dieron cuenta. Y después encaramos para la calle pekarska.

saliendo del archivo 


Pekarska Street, la calle de los panaderos, es la calle en donde sabemos que vivía mi abuelo. Como él contaba, es la calle que termina en el cementerio. Él decía que una de las primeras canciones que había aprendido era la marcha fúnebre, por haber visto pasar tantas procesiones. También sabíamos que en la esquina de su casa había un gran hotel internacional, pero no sabíamos cuál era la cuadra ni cuál era la casa. Así que la caminamos. De principio a fin. Hasta el cementerio. Mamá flashaba hipótesis de casa y nos pedía intuición. Pegamos la vuelta por la mano de enfrente, y cuando pasamos por un gran edificio que  nos había llamado la atención, yo me había adelantado un poco inmersa en un silencio interno, y de pronto vi que desde atrás, mi mamá me hacía señas. Le habían preguntado algo a un señor que, oh voilà, no hablaba inglés pero sí un francés muy correcto. Así que ahí estaba la presque traductrice again, comunicando. Él nos contó la historia del edificio que estábamos viendo, que no era el hotel, entonces le pregunté si sabía de algún hotel antiguo en esa calle. Y nos dijo “la première maison de cette rue”, la primera casa de esta calle. Así que volvimos al principio… Y ahí en la esquina, en un edificio viejo que parecía no ser nada, de pronto vimos que había una foto de lo que había sido en otro momento: Hotel Krakowski. Así que sí. Ahí. Era esa primera cuadra. La recorrimos otra vez un poquito, mamá emocionada, señaló un balcón, dijo que para ella esa era la casa. Estaba atardeciendo. Por el cielo pasó una bandada de pájaros.
calle pekarska

así era el hotel

atardece en calle pekarska

Mientras volvíamos conectamos todos los cables y pensamos que la escuela, que según contaba mi abuelo quedaba a ocho cuadras de su casa y estaba en un parque en donde también había un cuartel de bomberos, está muy cerca de donde nos estamos quedando. Acá nomás. Pero esa búsqueda quedará para mañana.
Ahora el cansancio empieza a sentirse y siento que cumplí con mi tarea. Un poco de silencio, las aventuras van a seguir, y pronto volveré para contarlas.

domingo, 10 de febrero de 2019

Línea de fuego




Un mes antes de salir de viaje rumbo al misterio de las tierras que probablemente pisó mi abuelo, encontré como por arte de magia todo lo que había estado buscando muchos meses atrás. Un día de julio del año pasado había entrado a esa habitación que hoy en día es depósito en la casa familiar, en búsqueda de fotos, datos, documentos viejos de su vida europea que sabía que tenían que estar. En su lugar, me encontré con recibos de sueldo, carnets de PAMI, escrituras inmobiliarias y demás cuestiones puramente argentinas, no por eso menos emocionantes, si se tiene en cuenta que también había tesoros, como una bolsa llena de anteojos que le fueron perteneciendo a lo largo de los años (para ver de cerca, para ver de lejos) y una serie de papeles de mi madre que incluían los estudios que indicaron que estaba embarazada de mí y de mi hermano.
Pero un mes antes de salir de viaje, volví a pensar en esos casetes de los que mi madre me había hablado, unos casetes grabados durante el trabajo que hizo con mi abuelo para ampliar y escribir el que luego fue definitivamente su libro. Me volví a internar en esa habitación por un rato, buscando con la mirada perdida, con el semblante de quien busca en lugares que sabe que no son, revuelve por fuera porque sabe que en algún lugar de su memoria está el dato preciso de dónde se oculta lo que, finalmente, termina encontrando. Así encontré, como a partir de una intuición en mi memoria que me llevó a abrir el placard y tirar del primer cajón de la cajonera, no solo los casetes sino también todos esos documentos y fotos que ahí estaban, más la versión del libro enviada a la editorial, el contrato y varias fotocopias de notas de reseñas. Al rato llegó mi hermano y me trajo, de otra habitación, la primera versión, el original, escrito a mano en un libro de actas negro con tapas duras enormes.
Tres semanas antes de salir de viaje, mi hermano me acercó un grabadorcito portátil para reproducir los casetes, el mismo con el que en aquel momento se habían grabado. Era sábado a la noche de un día de esos que me había partido lentamente en pedacitos, incluyendo farmacias de turno y guardias de hospital por cuestiones de mi padre. Mis planes se habían arruinado y volví a casa, extenuada. Me llevó un buen rato recolectar las pilas necesarias para hacer andar al aparatito. Otro rato sacar el casete de Manuelita la tortuga de mi infancia que estaba puesto, poner el primero de la serie de mi abuelo, rotulado “1, Tula/Brody” y terminarlo de rebobinar, mientras pensaba cuán distintos eran los tiempos hace tan solo unos años, la ceremonia del rebobinado, cambiar de lado el casete, la calidad de los minutos que pasan.
Y entonces, habló.
Hay algo en el timbre del sonido que es una magia escondida como un secreto que resuena con la voz. La vibración debe transportar flujos de la memoria. No me explico, sino, cómo tembló todo mi cuerpo al escuchar esa frecuencia que me llevó, primero, a mi infancia, y después más allá. Mi abuelo hablando como siempre, en ese español casi correcto pero truncado, sus curvas tonales que exhalaban amabilidad, sus titubeos y sus expresiones que podía ver a través del sonido, los hilos que formaban su voz separándose en hebras cuando su tono se volvía un chiste, cuando sonaba a ironía, cuando de alguna manera quería explicar lo ridículo de alguna situación. Primero, a mi infancia, y después, más allá. A un tiempo desconocido, que pronto se volverá espacio al otro lado del océano.
Por unos momentos, me dormí acostada en el sillón, abrazada al aparatito que seguía sonando. Mi abuelo había vuelto a contarme historias. Estaba acompañada. Cerrando los ojos le di imagen a todo lo que contaba, deseando en silencio que pasen rápido estas tres semanas para ir a buscar esos lugares que no podía dejar de imaginar. Pero entonces, de algún secreto lugar de esas cuerdas que entretejían su voz, me llegó el miedo. Un miedo que no es mi infancia, que es más allá. Un miedo de guerra. Un miedo que también estuvo siempre en algún lugar de la memoria en donde nunca se me ocurrió revisar. Y ahora que falta tan poco empiezo a estremecerme, ahora que falta tan poco para atravesar el agua, empiezo la búsqueda de estrategias para poder atravesar esa línea de fuego.

viernes, 21 de diciembre de 2018

Como Billiy Pilgrim sigo viajando


Quizás fue el clima de hoy, tan extraño y espeso, de calor nublado y humedad que viene de la tierra por los rayos del sol. Quizás fue la gran avenida casi desierta en medio del bosque. Quizás fue el silencio de los árboles sobre el trino de algunos pájaros aislados, y el roce leve de algunas hojitas movidas por la brisa en el asfalto. Quizás fue el miedo, mi miedo a una soledad amenazada por los peligros de caminar en un bosque que linda con la ciudad.
Algo de todo eso me llevó hoy al Bois de Boulogne hace dos años y medio, creo recordar, un día de verano parisino en que algo de todas esas sensaciones, o el conjunto en su totalidad, me transportó, a su vez, a un verano en Córdoba de hace varios años atrás. Como Billy Pilgrim, sigo viajando en el tiempo y pareciera haber puntos o momentos como túneles que se conectan, y me llevan siempre a un mismo lugar.
Ese día en Bois de Boulogne tuve una corazonada hacia mí misma, como un instinto de inocencia. Estaba tan lejos de acá, y sin embargo nada de ese lugar me parece distinto al bosque de La Plata en donde caminé hoy, pisando la misma línea de tiempo.
Soñé tantas veces con vivir en París; cuando vivía en París, soñé tanto con volver acá. Y hoy por un instante, pareció que París y que acá eran lo mismo. O mejor dicho, que acá es siempre el mismo lugar cuando estoy acá conmigo.
Puede que ya no tenga tantos sueños y aspiraciones; quizás estoy ya tan demente como Billy; seguro muchas cosas a mi alrededor se han transformado. Pero hoy decidí que, sea donde sea, nadie puede impedirme volver a salir a caminar y encontrarme conmigo en algún agujero del tiempo o del espacio.

sábado, 6 de octubre de 2018

Otra vez


¿Será demasiado pronto para que me agarre el miedo otra vez?

Otra vez, me pongo los auriculares y salgo.
El sol me da una oscuridad que se me mueve inquieta por dentro. Como cosquillas.
Estuve pensando mucho en Islandia. La volví a soñar. Algo en la memoria hace que los recuerdos sean como sueños encarnados. Algo en mi memoria sigue viajando por una ruta que es la vena de una parte del cuerpo de la Tierra.
Y es que esto ya me pasó: me estoy preparando.

Un día estábamos en un auto con Germán, andando por Islandia o por España o Portugal. Y se lo dije. Le dije: ahora que me di cuenta de que no es imposible viajar, me doy cuenta de que, dentro de un tiempo, voy a poder planear ese otro viaje que nos debemos.
Sí. Otro. Porque en mi vida no había un solo gran destino que no se me podía pasar. Había dos. O es siempre el mismo: para el primero escribí un gran preámbulo explicando que no tenía razones claras para viajar. Ahora, a más de año y medio de haber vuelto, pienso que quizás la razón era que por algún lado tenía que empezar. Y que llegó el momento de hacerme cargo de lo que sigue.

Ahora, escribo con un rayo de sol que pasa por una de las tres ventanitas de casa que dan a lo que debe ser el oeste, y me llega hasta los ojos. Atardece.
Con los pasajes ya guardados en algún lugar de mi casilla de correo, le doy la bienvenida al miedo, y espero.

domingo, 2 de julio de 2017

Todo bien, pero nadie me avisó que la vuelta nunca se termina

Primero fue el verde de los semáforos, que subió cuatro tonos hacia el amarillo fluorescente, y pasó de ser un agua frío a ser un loro brillante salvaje, casi criminal. Después fueron las patentes de los autos. Paralelamente aparecieron los cambios de peso en la familia, más tarde en lxs amigxs y en algún o alguna conocida en particular. Poco a poco fueron saltando nuevos hábitos y costumbres urbanas y familiares; le dieron lugar también a las palabras que acababan de inventarse un uso especial. Ni hablar de la política y la economía en todas sus fases, mucho menos de las muertes y los nacimientos.
En algún momento hubo que frenar, y respirar un poquito. Ya parecía demasiado, y sin embargo era fácil ir tomando nota mental sobre todos los cambios que estaban sucediendo o que habían sucedido, y que de pronto se nos presentaban como una evidencia impune sobre algo de la ausencia. Un año fuera del país no parece ser tanto, si se lo piensa como un ida al vuelta al mismo lugar, con los mismos paisajes, los mismos personajes y la misma noción del tiempo.
El problema iba a ser descubrir que todo eso sólo es posible en la imaginación o en el pensamiento. Porque primero fue el verde de los semáforos, pero la lista siguió creciendo hasta perseguirme como una sombra por toda la ciudad, por toda la casa, hasta en el baño y hasta en los sueños. Fue notar un leve cambio en el tono de las luces para desencadenar una tormenta que no se detuvo hasta revelarme la última verdad: era un engaño pensar que estábamos volviendo.
“Volver, no se vuelve nunca”, me digo a mí misma. Veo las máscaras de todas las personas que vi desde que llegamos, sus ojos, sus preguntas, sus gestos. Siento el aire de la ciudad y su olor que no es el mismo porque huele a nuevo pero a usado y a viejo. Me veo. Ahora entiendo por qué nada dejó de sentirse extraño desde que dejé el aeropuerto: es que jamás llegué al mismo lugar de donde me había ido, porque ese lugar ya estaba muerto.
Parecíamos tener la seguridad de poder regresar al punto inicial si todo salía mal. Parecía que ese lugar de refugio existía, con su gente y sus espacios, o al menos así nos dejábamos engañar por las voces al teléfono, las imágenes virtuales, la errónea intuición de que el mundo es uno sólo y que simplemente lo estábamos recorriendo. Subirnos al primer avión no hubiese sido tan fácil, de haber sabido que dejábamos atrás un universo lleno de muertxs. Pero nadie nos avisó, nos fuimos creyendo que dejábamos atrás cosas estables, y ahora estamos en un universo paralelo. La gente parece la misma, pero si me fijo bien empiezo a notar una diferencia en el tono de la voz, en la construcción de frases, en el uso específico de la ironía o en el matiz que refleja levemente el brillo de su pelo. No hay caso, nada es igual, es todo diferente. Cambiaron la manera de construir los edificios, cambiaron el tren y las esquinas de las veredas.
Son otras. Son otros.
Y ahora estoy rodeada, porque primero fue otro el verde de los semáforos, después otros los precios y las palabras, y ahora soy yo otra y mi historia está perdida o estancada en una escalera en un aeropuerto que dejó de existir cuando creímos que pronto íbamos a volver a tierra firme.