domingo, 11 de diciembre de 2016

Ámsterdam pasó volando

Paradójicamente, Ámsterdam se pasó volando sin que nosotrxs hayamos volado, quiero decir que entre pitos y flautas, al final las circunstancias ni nos dieron para pasar por uno de esos coffeshop a donde van todxs lxs turistas de más o menos nuestra edad para disfrutar de la legalidad o de la tolerancia. Ya se dijo que no-hay-que-hacer-absolutamente-todo en este viaje. Así que eso, spoiler de un relato libre de cannabis, por esta vez.

La noche antes de salir para allá, nos contactó nuestro host de couchsurfing, Sander, para decirnos que a último momento le había caído una pareja de amigxs portugueses y que no tenía mucho espacio en su casa. Le dijimos la verdad: todo bien, no hay problema, pero no tenemos otra opción. Si igual querés recibirnos, podemos arreglarnos, sino veremos de ir a otro lugar. Y al final Sander es  tan buena onda que nos invitó a su casa igual, y aunque dormimos medio apretaditis en una parte del sillón, pasamos dos muy lindos días ahí, y conocimos a esta parejita, Ana Marta y Filip, que resultó ser de lo más simpática y abierta a ayudarnos y recibirnos en Portugal cuando vayamos. Compartimos dos cenas muy agradables, charlando sobre todo, aprendiendo mucho. Intentamos hacernos amigxs de la hermosa gata de la casa, Pus (al menos así se pronuncia), pero mucho no funcionó.

Pus, indiferente

Ya la primera noche salimos a caminar y explorar la ciudad, entre bicis, puentecitos y luces de colores, empezando por un parque enorme y hermoso que teníamos a una cuadra. Quizás ya dije esto alguna vez, pero conocer una ciudad de noche para mí genera una primera impresión curiosa, casi mística, que tergiversa desde el principio toda dimensión y capacidad de ubicación geográfica. Sin contar que de por sí, Ámsterdam es muy loca en varios sentidos: si se mira su forma en un plano, probablemente se entienda mejor lo fácil que es perderse entre puentes y canales, pero además es fácil marearse y dejarse llevar por el ritmo casi frenético de las miles de bicis que pasan por adelante, atrás, al costado y encima de la gente, los semáforos que son consignas diferentes para autos, bicis y peatones, los tranvías... De alguna manera todo funciona más o menos bien en un caos ordenado, pero la cantidad de turistas hace que el ritmo se entorpezca y, en alguna medida, presentimos que el funcionamiento de la ciudad así va a colapsar.






otra sorpresa: está lleno de parrillas argentinas!! Un mozo nos dijo que era gracias a la Reina...


Fuimos al museo Van Gogh, porque había que elegir uno de los que hay-que-hacer, no un gran museo (¡con lo que te hacen pagar!), pero estuvo lindo mirarlo al Vincent después de tanto tiempo, y es que ahí tienen casi toda su obra guardadita, no hay muchas en otro lugar. También intentamos ir a la casa de Ana Frank, pero hasta cierta hora sólo se podía entrar con reserva, y después había una cola que, bajo el frío y la lluvia, no nos tentaba ni un poquito. Lástima, porque algo quedó en mí desde que saqué de la biblioteca de la escuela primaria su Diario y lo leí, pero una vez más, la masa de turistas y las circunstancias nos robaron esa experiencia.

no se podían sacar fotos, shh

el Rijksmuseum, el Van Gogh museum, y el solcito que duró un rato

ahí están los pibis

Con Sander habíamos arreglado sólo para dos noches, así que reservamos por airbnb dos noches más en otro lado, pero oh sorpresa, el mismo día nos cancelaron, y terminamos pagando una noche en un hostel en el centro en el que el tipo de la recepción, muy simpático, no paró de decirme que yo no estaba feliz. Esa noche comimos en un “Wok and walk”, y, cuando empezábamos a pispear coffeshops entre callecitas ruidosas, me agarró una descompostura terrible que me hizo volver corriendo al hostel, y al poco tiempo caí en la cama rendida. Dormimos con el ruido de la gente en la calle, que estaba de fiesta loca.

Y el último día hicimos un free walking tour (que nos había recomendado Nicolás en Bélgica), con una española que le puso toda la onda, y nos regaló un último paseo por la ciudad, que valió la pena. El cansancio y el peso en las mochilas no no dejó hacer mucho más. A la tarde embarcamos en este bus en el que todavía estamos, y al que todavía le faltan un par de horas más...
Es, de alguna manera, un momento de cambio en el viaje, en el que se redefinen los rumbos y los tiempos, nos empezamos a preguntar sobre lo que queremos y a discutir sobre cómo seguir. Podría decirse una crisis, o una oportunidad. Yo, por lo pronto, estoy contenta de que esto suceda, y de poder sentir nuevas direcciones en mis adentros con más claridad. Seguramente todo esto evolucione y se proyecte en las próximas rutas, pero ya se verá más adelante, con otras historias que contar.

me emocioné en estos segundos cruzando el Rijksmuseum


miércoles, 7 de diciembre de 2016

Bélgica tiene las mejores especialidades

Culinarias, obvio: papafritas, chocolate, cerveza y wafles. Un gordo y feliz golpe al hígado en esta etapa del viaje. Vinimos a este país sin saber muy bien qué íbamos a hacer, y después de unos días nos despedimos contentxs, habiendo aprovechado bien los días de sol y frío intenso, probando que lo que “hay que probar” acá sí vale la pena, y disfrutando, al final, de ser hospedadxs y alimentadxs con la mejor onda. Bélgica, te re portaste.

Como d'habitude, no habíamos conseguido couch en Bruselas pero nuestro bondi desde Londres llegaba ahí, así que en el camino reservamos por airbnb una habitación algo alejada de la ciudad porque ya no quedaba nada muy cerca. Cuando llegamos (para qué contar los penosos esfuerzos de viajar con tanta mochila a cuestas), tuvimos nuestra primera grata sorpresa belga: la habitación era casi un monoambiente anexo a una casa enorme que estaba siendo remodelada, y estaba más equipada que cualquier hotel, con todos los chiches, baño privado, y hasta una cama de sobra por si acaso. Además, la dueña de casa resultó ser una belga súper amable con quien un día nos quedamos charlando hasta tarde (tarde acá pueden ser las 11 de la noche) sobre la vida, los viajes, la situación en Europa y demás. También nos recibió un yanqui que parecía ser su pareja o amigo, y que quería practicar su español. Todo muy divertido. Ahí pasamos cuatro noches de lujo. 

Le dedicamos dos días a Bruselas, y en el primero pudimos al fin hacer un free walking tour (en francés, porque había poca gente para ese y necesitaban público) que nos gustó mucho (a mí me gustó tanto que, en mi cabeza, ya disparó nuevos proyectos e ideas). Le dimos duro a las papafritas, porque es lo que hay que hacer; paseamos por el centro y alrededores, nos desilusionamos de lo chiquito que es el Mannekin Pis (¿por qué se habrá hecho tan famoso?), fuimos al atomium (pero no entramos), vimos el típico mercadito de navidad que ya venimos viendo en todas las ciudades, las luces y decoraciones navideñas, la típica pista de patinaje sobre hielo que arman para estas épocas, la música en la calle, l'ambiance. Ger ya se cansó un poco de esas cosas, a mí todavía me gustan, quizás porque en mi casa nunca fuimos de festejar navidad, y me sigue fascinando un poco toda la gilada que se arma alrededor. 
frites

Tintin está por todos lados, y todas las BD

en el atomium

0 graditos, y yo con el pulgar afuera (qué fríoooo)

gauffre

Mannekin trucho (pero más grande que el real)

navidad, navidad

el metro en Bruselas

bailando en un parque

la Grand Place, o Grot Market, con su arbolito

Es raro, también, estar en un país que tiene dos idiomas oficiales, y nunca saber bien en qué hablar: Bélgica está dividida en dos partes; Flandes arriba, en donde hablan flamenco (neerlandés, para algunxs “holandés”), Valonia abajo, en donde hablan francés, y Bruselas como una isla en medio de Flandes en donde casi todxs hablan francés, pero en el pueblito donde estábamos alojadxs, se hablaba más que nada flamenco, los carteles y buses estaban escritos en flamenco, y además nos aconsejaron que no hablemos francés en ese lugar porque parece que la gente no le gusta mucho, así que todo fue una confusión. Sin hablar de lo difícil que fue entender el sistema de transporte, no sólo por el idioma sino por códigos internos que nunca entendimos (teníamos una tarjeta que servía para algunas cosas pero para otras no, y ese tipo de historias), y por la falta de buena señalización en las estaciones. Para volver a la casa teníamos que hacer una combinación de metro y bus que un día, como era domingo y “tarde” (debían ser cerca de las ocho) no nos funcionó, y tuvimos que esperar una hora más a otro bus que nos dejara por ahí. Por suerte nos metimos en la estación y ya habíamos comprado nuestra humilde cena, así que nos divertimos comiendo y mirando en youtube videos de jodas del “el show de videomatch”. Sí, cualquiera, nos pegó el noventazo, o no sé qué nos pegó.

El tercer día fuimos a conocer Brujas. Visitamos solamente el centro histórico, que es lo turístico, así que obviamente estaba lleno de turistas, sobre todo en la plaza central con el mercado de navidad, pero igual nos pareció hermosa, y se dejó recorrer con alegría. Entre los edificios medievales, las torres altas y las casitas con el techo en escalerita, se hace un paisaje muy bonito, y pensamos que esta es otra de esas ciudades que podría ser, o pronto será, tipo parque de diversiones para turistas. Aprovechamos para comer chocolate y tomar una cervecita riquísima. A la noche, cuando volvimos, miramos “Escondidos en brujas”. Sí, re manija (igual a mí no me gustó).



chocolates sin pudor

Y al día siguiente dejamos nuestra casita para ir a Gante, ciudad menos conocida pero no por eso menos hermosa y amable. Nos encantó, con sus canales y sus casitas también con techito escalera, su parte medieval hasta con un pequeño castillito en medio de la ciudad, y lo mejor de todo: muchísimas bicis. Desde que bajamos del tren nos sorprendió la cantidad de bicis atadas en la calle, en especies de grandes biciparkings, y después fue hermoso ver a los ciclistas andando por todos lados, y sentir el silencio de una ciudad activa, pero no superpoblada por autos. Es una ciudad universitaria, y creo que por eso sentí una buena onda y un ambiente familiar que me hizo pensar que sería un buen lugar para vivir. 





Y ahora la mejor parte: al atardecer nos encontramos en la estación con Dietlinde, una amiga de mi hermano a quien contacté cuando supe que íbamos a Bélgica y que ya nos había ayudado con varias recomendaciones y consejos. Ella y Nicolás (que resultó ser no sólo argentino sino platense y ex bachi, prácticamente de la familia) nos hospedaron en su nueva y hermosa casita en el pueblo de Puurs. Siempre es lindo sentirnos así de bienvenidxs, compartir con gente agradable y buena onda, que además conoce muchísimo sobre el lugar. Dietlinde es belga, ella y Nicolás vivieron un tiempo en Gante, y él fue guía turístico tanto ahí como en Brujas, así que tuvimos guía y comentarios post-visita, escuchando esas pequeñas historias que hacen a los lugares más curiosos e interesantes... ¿qué más podíamos pedir?.
El último día se lo dedicamos a Amberes (en flamenco Antwerp, en francés Anvers, no sé por qué cambia tanto), otra linda ciudad pero que no llegó a ganarle al encanto de Gent, aunque tiene lugares y edificios hermosos, como la estación de trenes que parece un palacio. Nos despedimos de Bélgica comiendo otra vez wafles, papafritas, croquetas de queso, y compartiendo a la noche con Dietlinde y Nicolás unas cervezas muy buenas y unos chocolates riquísimos. Otra vez, todo tan agradable que no daban ganas de irse. Pero, otra vez, tenemos que seguir. 

en la estación

bailando en el puerto de Amberes

las velib de Amberes

mesa llena de amor

Para agregarle emoción a la aventura, ayer a la noche recibimos un mensaje del host de couchsurfing que teníamos para hoy, tirando la onda de que tenía otra gente y de si teníamos otro lugar a donde ir... Así que con un poquito de estrés arrancamos el día, pero igual va a estar todo bien. Ya veremos en el próximo capítulo, y ahora me despido con esta canción que escuchamos ayer, de Jacques Brel.


  

sábado, 3 de diciembre de 2016

Londres y la vida

Londres me dejó manija, porque sólo estuvimos más o menos tres días, con varios huecos y desorganizaciones de por medio, y vi apenas un poquito de lo linda y agradable que es a pesar de ser una grandísima ciudad, con todo el mareo que eso implica.


Fue difícil llegar después de un viaje en bus de 20 horas (con 3 horas de espera en el medio, a la madrugada, en París) y encontrarse en las complicadas redes de metro (confieso que, aunque lo usamos mucho y parece que es muy bueno, nunca llegué a entenderlo bien) y después en las callecitas de un barrio desconocido con las mochilas que parecían cada vez más pesadas, y el frío y la noche y todo, pero finalmente llegamos a la habitación que habíamos alquilado por airbnb (cero suerte con couchsurfing), y caí dormida probablemente más de doce horas seguidas.
Lo bueno es que al otro día Londres me regaló como una emoción repentina, una alegría de vivir y ganas de saltar por ahí que es todo tan bonito. La verdad es que tampoco era una ciudad que me hubiese atraído en particular alguna vez, pero no entiendo cómo, porque estando ahí me di cuenta de que realmente vale la pena y de que mucho de lo que me gusta también tiene que ver con ese lugar (ya se sabe, París quedó fuera de juego por el momento, ya no todo es en francés ni viene de esa bendita ciudad). Así que recorrimos contentxs, mi espalda descansó porque no cargué batería de la cámara por dos días así que andaba sin mochila, revoloteando por ahí. Conocimos el primer día Trafalgar Square (sin entrar a la National Gallery, sólo fuimos el último día un rato al British Museum, pero tiempo para tanto museo habrá la próxima vez), paseamos por Picadilly, por el Park Saint-James (¡lleno de ardillitas!), el Buckingham Palace, el palacio Westminster y el clásico Big Ben... Y ahí mismo nos quedamos una hora esperando al guía de un free walking tour “tema Harry Potter” (sí, nos agarró la ñoñez) para el que nos habíamos anotado, pero nunca llegó, así que nos quedamos charlando con las otras personas que esperaban: un dominicano con su hijo, y una chilena. ¡Viva latinoamérica!

frente a Buckingham Palace. No vimos el cambio de guardia

el subtecito de la tienda Lego. ji ji

barrio chino

ñoña

 Casualmente, al día siguiente perdimos otro walking tour, sobre street art, porque llegamos tarde. La organización no fue nuestro fuerte en esta parte del viaje: ni económicamente, ni con los tiempos, ni el alojamiento (decidimos a último momento quedarnos una noche más y tuvimos que mudarnos a otro lugar). Pasamos varios momentos de crisis de los que mejor no contar mucho, pero vamos, que igual recorrimos bastante más, y cerramos la estadía con una cervecita y unos nachos en un pub (por suerte pedimos cinco minutos antes que cierren la cocina... ¡Ocho menos cuarto de la noche!). Está anocheciendo demasiado temprano, y encima en Inglaterra es una hora menos que en el resto de Europa, así que cuatro y media de la tarde ya bajaba la luz y subía el frío, y se prendían las decoraciones de Navidad. 

también, por recomendación de una amiga, fuimos a Camden Town, que es como una gran feria buena onda

Tower bridge

¿Quién dijo que en Londres nunca sale el sol? Estuvo así los tres días

souvenirs del British Museum

En fin, puedo decir que Londres parece una ciudad muy loca. Arquitectónicamente, hay cosas extrañas, como edificios raros modernos altísimos al lado de otros clásicos y otros antiguos, todo mezclado, cosa que no vimos en otro lugar. Por todos lados hay muchísimos negocios de comida (la mayoría siempre las mismas cadenas, como “Prêt à manger” o Café Nero) y carteles de comida, lo cual me generaba incontenibles ganas de comer todo el tiempo. La gente en general fue muy amable y agradable, en su modo de ser... En su modo inglés de ser. Es que sí, todo es muy inglés, pero para poder definir lo que es ese modo debería volver a vivir ahí unos cuantos días. Lástima que es tan caro. La próxima será.


"The Tower of London" (que es un re castillo medieval), al lado una carpa con pista de patinaje, al lado esos edificios y ese pirincho que sale



El tema es que para nosotrxs todavía hay que seguir viajando, y ya se dijo que en el viaje hay muchos riesgos que se corren y muchos imprevistos que pueden suceder. Porque el viaje es la vida... O la vida es viaje. Hoy en Bruselas (después cuento sobre Bruselas) hablé con mamá y al teléfono me dijo que mi abuela tiene un tumor. Hacía tiempo que se nos estaba como yendo de esta tierra, pero parece que ahora sí lo anuncia de verdad, y puede que me toque decirle chau desde acá. Antes de salir de La Plata fui a despedirme de ella sabiendo que algo podía pasar. Siempre las cosas pueden pasar. No sé cuándo podemos sentirnos realmente preparadxs o cuál sería la situación ideal. Sólo me toca que estoy viviendo y que en este surf de la vida me vine ahora a estar acá, en donde todo se reconfigura y se vuelve a reconfigurar y veo el movimiento desde tan lejos pero con tanta claridad. Puede que necesite ayuda para no sentir que debería estar allá, como me pasó varias veces. También puede que estar acá sea, al final, lo que me ayude a estar en paz. Ojalá que a mi abuela no le duela la garganta, a mí me duele pero la pienso y siento con amor que este momento es infinito.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Enfance (en France), y el inconsciente a flor de piel

Como siempre, escribir en el bus trae inspiraciones insólitas.

En estos meses de viaje, fui teniendo apariciones que podrían nombrarse no como recuerdos, sino como conexiones de líneas y dimensiones espacio-temporales. Como Billy Pilgrim, pude volver unos meses atrás, y también muchos años. Me encontré un día, por ejemplo, recorriendo el departamento de mis abuelos exactamente como era cuando ellos vivían ahí, antes que nos mudemos con mis viejos y mi hermano, habitación por habitación, objeto por objeto, cuadro por cuadro. Pedí ayuda un día antes de dormir, era luna llena, y en sueños se me concedió, con la claridad con que se nombran traumas de un pasado no tan remoto. En estos meses de viaje, hubo un  camino que me llevó por lugares extraños.

Pasamos una semana diferente en lugares remotos del sur de Francia, por ahí cerca de los pirineos, rodeadxs de naturaleza y de montañas. Y de infancia. Fuimos a visitar a Juli, a quien conocía del bachi (“el bachi”, que aún años después, sigue sin ser simplemente una escuela), que hasta hace unos meses vivía en una yurta en una comunidad en Corsavy, en la montaña, con su esposo y su hijito de dos años Luam, y que por el momento está viviendo en un departamento en un pueblito que se llama Arles-sur-Tech. En dos o tres días, nos alimentamos de amor, de juegos y de comida rica y nutritiva; charlamos entre mates y alfajores (¡cliché!) sobre el bachi y los viajes, descansamos mucho, nos sentimos en famila, conocimos adultos y niñxs que viven, como algunxs le llaman acá, de manera “alternativa”.
Y después nos fuimos directamente a la montaña. A visitar a Célia, Denis y su bebé de un año, Ethan, que crece rodeado de amor, de árboles y caricias en una hermosa casita. En la Selva Mágica. A Célia la conocí hace varios años, en La Plata, en momentos de apertura y crecimiento que volvieron a mí este junio en Bois de Boulogne. Nos dejamos empapar por la inquietud del bosque, porque nosotrxs la trajimos, e intentamos adaptarnos al ritmo de esa casa en la que todos éramos llevados por un oleaje místico de un bebé y el tiempo. Un día salimos a visitar castillos, pero ni el otoño con sus hojitas amarillas, ni la ciudad, ni la ruta, pudieron sacarnos de encima esa magia extraña. Ese día me enojé, y en el grito y el llanto vinieron revelaciones internas.

Todo remueve en mí piezas oscuras y mezclas de cosas que quizás pasaron, con viejas proyecciones a un futuro que quedó creado en alguna parte.
Ahora no tenemos ningún plan, el camino lo vamos haciendo, y me siento tan en el aire que a veces me quedo encerrada en pensamientos. Cómo cambian los viajes (y sin embargo, siempre supimos que viajábamos en el tiempo). Por suerte ayer hablé con Li, que me dijo eso: “¡cómo estás, Ani, tenés el inconsciente a flor de piel!”, y me cayó la ficha de que también el viaje es por ahí, de que aún puedo rescatarme del estancamiento, de que, a pesar de extrañar tanto, vale la pena estar acá viviendo y aprendiendo tanto sin darnos cuenta.



lunes, 21 de noviembre de 2016

San Marino, Ravenna, Venecia, Verona, Milán, Turín, y... chau!

De Roma salimos cruzando la bota hacia la costa adriática, para  llegar a la República de San Marino, otro de esos paísitos de diez cuadras (o un cachito más) que está adentro de Italia, pero que por algún motivo, no forma parte de ella. Lo que sería la “capital” o el centro, resultó ser un pueblito muy bonito y alto en la montaña, obviamente de tipo fortificación medieval, con una vista increíble hacia las montañas nevadas y, hacia el otro lado, las ciudades que se veían chiquititas, y el mar. Además, resultó ser una especie de free shop extraño, en la que se mezclaban callecitas medievales con negocios que vendían perfumes, cosas de cuero y todo tipo de armas (no sabré decir si reales o no, pero que daban miedo, eso sí), y un sorprendente flujo de turistas rusos (o que hablaban algún idioma eslavo) invadiendo el lugar. Rarísimo.





Pasamos la noche en el auto, como para recordar Islandia, y al día siguiente seguimos hacia Ravenna, la ciudad de los mosaicos (sí, es que cada ciudad tiene su “especialidad”). Según cuenta Ger, parece que ahí sobrevivieron más mosaicos de la época bizantina que en cualquier otro lugar. De ahí no recordaré mucho más que ese batisterio enorme lleno de mosaicos increíbles, del piso a la cúpula, la tumba de Dante, y alguna que otra cosita más, porque el cansancio y el dolor de útero de ese día me hicieron flaquear (admitamos que no vengo muy bien de energías, quizás). Finalmente, llegamos a Mestre, pegadito a Venecia, en donde habíamos reservado una habitación por dos noches en la casa de Lev, un muchacho esloveno, buena onda y bastante particular, a quien le hacían falta un par de duchas, pero nada más.
Así que al otro día, Venecia, de quien tanto habíamos oído hablar: igual nos sorprendió, igual nos maravilló, a pesar del frío que pegaba durísimo, el sol nos regaló un bello día para caminar entre puentecitos e iglesias (sí, más y más iglesias, pero creo que nunca vimos tantas juntas como en ese lugar), cruzar las callecitas-canales curioseando por ahí, quejándonos un poco de que para todo había que pagar (¡hasta para tener un simple mapa de la ciudad!), pero felices de estar allá. Terminamos el día (a las cinco de la tarde, porque cada vez la noche dura más) arriba de la torre de la Piazza San Marco, viendo un atardecer increíble, con el sol poniéndose detrás de la ciudad. Hermosa Venecia, aunque es cierto que, como decía Ger, quizás pronto se convierta en una de esas ciudades que serán casi un parque de atracciones, porque para vivir no debe ser tan bueno (es caro, y además, ¡se está hundiendo!, y hay muchas casas que parecen estar abandonadas desde hace tiempo).

con el mapita + "recorridos recomendados" que tuvimos que comprar porque nada es gratis



las góndolas de los gondolieri que llevan turistas





Otra noche en lo de Lev y, camino a Milán, pasamos el día en Verona, “la ciudad de Romeo y Julieta”. Nos divertimos con ese cuento, que te hace ir a “la casa de Julieta” y algunas giladas más (bueno, igual fuimos, y yo quería ir, así que puedo contarme como una gila del montón), pero además descubrimos que la ciudad es muy bonita, con su correspondiente río y puentecitos y hasta un anfiteatro que fue el pre-Coliseo, y subiendo unas escaleras, una vista panorámica de esas que nos gusta cazar siempre a donde vayamos.

Pinochos siempre presentes

Julieta: la tradición dice que hay que tocarle una teta para tener ¿suerte?



Finalmente llegamos a Milán, a lo de Tina, Rosita y Mauro (correspondientes tías abuelas y tío segundo de Germán), quienes muy gentilmente nos alojaron y alimentaron durante tres noches, y en donde aprendimos que la televisión italiana es tan bizarra como la de Argentina y la de todas partes. Al día siguiente Mauro nos mostró la ciudad, y descubrimos que Anna tenía razón con lo que nos había dicho unos días atrás: Milán es gris, oscura, no se sabe bien por qué, hay una bruma que cubre toda la ciudad, y, al final, casi lo único que “tiene” para ofrecer es su imponente catedral (enorme y complicada, gótica y toda decorada por fuera, y por dentro es como si fuera la de La Plata pero tres veces más grande y con algunos tesoros más). Bueno, también tiene unos muy buenos “panzerotti” que son como pancitos rellenos fritos, muy ricos, y seguro debe tener más (me siento mala cuando digo estas cosas de una ciudad).




Usamos nuestro anteúltimo día en Italia para irnos al Lago di Como, casi en Suiza, que debe ser hermoso en un día despejado, porque se ven montañas y pueblitos de un lado al otro del agua: lástima que nos tocó otro día brumoso, con neblina espesa y fría, y mucho no pudimos ver, pero como siempre fuimos tranqui y algo pudimos disfrutar.




Y llegó la despedida, the last day, en Turín, a donde llevamos el sol y en donde descubrimos a La Mole, una torre enorme y muy curiosa, que no conocíamos como monumento internacional pero que creemos que debería estar en la lista de esos que “hay que ver”. Aunque parece que en su origen iba a ser una sinagoga, ahora ahí adentro está el Museo Nacional del Cine, y justo era el Torino Film Festival, cosa que lamentablemente no pudimos aprovechar, teniendo sólo unas horas en la ciudad. Nos encontramos con Sara, una amiga del camping que vive allá y que encontramos por una de esas cosas de la suerte, porque en dos días se está mudando a París nuevamente. Ella y su novio nos mostraron algo más, nos tomamos unos “bicerini” (café, chocolate, leche y crema, todo en un mismo vaso, después de eso, ¿cómo te levantás?), vimos las lucecitas de navidad que hay por todas las calles, la catedral en donde está la sábana en la que envolvieron a Jesús (¿?) y ese fue el adiós.






Después de otra noche en el auto, luego de una ruta oscura y en la montaña con nieve alrededor, nos despedimos de Italia, y no con poca tristeza cruzamos a Francia a devolver el auto.
Costó salir de ese hermoso país en el que nos sumergimos durante tres semanas y media. Italia nos sorprendió, nos regaló paisajes hermosos, gente hermosa y comida hermosa de arriba a abajo. Ojalá algún día podamos volver y conocer algo más. Pero ahora ya estamos arriba de un bus, como para no perder la costumbre, y conté todo apretadito para ir haciendo lugar, y que las nuevas aventuras sigan llegando por un buen tiempo, de acá hasta la vuelta, que no se sabe ni cuándo será.