miércoles, 13 de marzo de 2019

Lo que está y no se usa nos fulminará


El domingo en Brody fue despertándose la crudeza del invierno. Hizo frío, mucho frío y hubo un viento helado que me hacía volar la bufanda. El día empezó con una confusión extraña en el restaurant del hotel, a donde quisimos ir a desayunar y la mala comunicación nos terminó llevando a reservar una cena que resultó carísima y escasa, pero eso no fue lo importante.

Habíamos ya encontrado cuando hacíamos averiguaciones en internet que en Brody estaban las ruinas de una gran sinagoga, digamos que podría ser una especie de punto turístico de la ciudad. Así que decidimos ir a su encuentro. Caminamos algunas cuadras, nos pasamos, volvimos, y cuando de pronto apareció el edificio como de la nada, por algún motivo sentí que tenía que detenerme. Y me atravesó un frío helado, que venía del viento o de adentro, o de otro lugar.

He visto muchas ruinas en mis viajes, algunas más viejas que otras, algunas mejor o peor conservadas. Pero esta me activó con su presencia algo distinto, quizás por saber cuán ligada debe haber estado a la historia de mi familia, una de las tantas familias judías que habitaba en la ciudad antes de que el exterminio nazi diera como resultado lo que estaba viendo en ese momento: más que una ruina, un edificio abandonado, un edificio asesinado cuyo cuerpo había quedado al descubierto, un edificio enfrente de un patio de juego de niños, enfrente de viviendas, enfrente de veredas por las que la gente pasa sin prestarle atención a pesar de su gran tamaño. El frío se convirtió en tristeza. Esa ruina también es testimonio de que ya no queda una familia judía en Brody, pero además, el abandono pareciera mostrar que a nadie le importa. Hay un cartel informativo, es cierto. Pero lo que a mí me impresionaba es algo que difícilmente pueda expresar ahora, y que me hizo pensar en un elefante muerto.








Caminamos después por una zona cercana que creímos podría haber sido el gueto, en donde sabemos que estuvieron, al menos, la madre y abuela de mi abuelo. Y después fuimos en busca de calor y comida, y por supuesto terminamos comiendo en Food Factory, el lugar en donde atendía nuestra reciente amiga ucraniana, que al día siguiente iba a hacernos el favor de preguntar por nuestros apellidos en el archivo de la ciudad. Así que tuvimos nuestra dosis de amor y alimento, y decidimos seguir con las visitas fuertes del día. Vimos que había dos cementerios judíos: apareció, en una vista aérea de no sé qué año que consiguió Migue, un supuesto cementerio antiguo, que fuimos a buscar y nos encontramos con una cancha de fútbol (¿?), y luego uno “nuevo”, que de nuevo mucho no podía tener porque, como dije, familias judías, desde hace tiempo ahí ya no hay. Pero quizás podríamos encontrar la tumba de algún antiguo familiar… En todo caso, no teníamos otra cosa que hacer, así que fuimos igual.

Para ir a este cementerio tuvimos una larga caminata que nos llevó a las afueras de la ciudad, así que tuvimos la oportunidad de conocer nuevos lugares (la calle principal ya la conocíamos de memoria a esa altura). Cada vez había menos gente (de por sí mucha gente no circulaba por la ciudad), algunos perros en el camino, y cada vez más silencio.
 
(a la izquierda, la sinagoga; a la derecha, una de las iglesias...)


Hasta que llegamos, y el silencio se hizo de pronto más oscuro y misterioso, y el viento otra vez más frío. De nuevo nos encontramos con un paisaje de abandono. Sé que los cementerios en sí no son lindos lugares para pasear, pero también hay distintos, están los bonitos y turísticos como el de Recoleta o Montparnasse, están los comunes a donde la gente va a enterrar o llorar o a descansar en paz, y está este cementerio, en las afueras de una pequeña ciudad ucraniana, que guarda el tremendo peso de la historia, la Historia o las historias que terminaron en ese lugar. Quizás las imágenes aquí también hablen por sí solas. En algún momento, me hizo pensar en Carnac, sitio arqueológico de alineamientos megalíticos (de piedras) prehistóricos, quevisitamos con Ger en Francia. No encontramos a ningún pariente, entre la gran extensión del cementerio, las lápidas tan antiguas que ya casi no se podían leer, y además casi todas en hebreo.







El lunes era el gran día, porque teníamos cita con Marina, nuestra autoconvocada mensajera, y sólo dos horas más para despedirnos del pueblo antes de tomarnos el tren de vuelta a Lviv. Así que nos pasamos la mañana preparando todo, y al mediodía salimos y del cielo caía aguanieve, así que paraguas en mano y capuchas puestas encaramos para Food Factory. Ahí nos esperaba ella, que nos comunicó que no encontraron nada certero, aunque uno de los apellidos le era conocido al director del museo, y nos recomendó que le escribiéramos para darle más información al respecto. Charlamos un rato, le contamos sobre el taxista que se parecía a mi abuelo, ella nos averiguó en dónde era realmente el gueto, y le regalamos uno de los libros que trajimos para desparramar por el viaje. Nos despedimos con un sushi vegetariano y un abrazo.

despedida con Marina y el libro


Volvimos para Lviv, a nuestro airbnb que a último momento nos cambió de lugar por un problema que tuvo, y nos dio un departamento súper céntrico, pero justo del otro lado de la “old town”, justo el lado que no habíamos llegado a conocer, así que todo perfecto. Pensé que si desde el principio nos hubiésemos alojado en ese lugar, quizás no hubiésemos sacado todas las conclusiones que sacamos para llegar a encontrar la escuela de mi abuelo, que habíamos encontrado hace unos días. Todo perfecto. Tuvimos nuestra merecida cena de borscht y varénikes rica y barata en un restaurant que parecía que nos iba a arrancar el moño y nos lo dejó mejor puesto que antes, y nos dormimos para encarar la aventura que nos esperaba muy temprano al día siguiente.











PD escrita en un bus: me olvidé de contar que antes de irnos, encontramos en la estación al taxista que nos había llevado a la ida, que se parecía a mi abuelo, intentamos explicarle en ucraniano nuestra impresión, le mostramos una foto y le preguntamos su nombre. Obviamente el apellido no parecía muy de pariente nuestro, pero al menos le hicimos reír y nos despejamos la duda.

sábado, 9 de marzo de 2019

Las cosas quedan


“Es que si las dejás, las cosas quedan…” fue mi sabia reflexión tres años atrás visitando pueblos medievales cuando vivíamos en Francia. Y sí, las cosas, quedan.
Por ejemplo, la escuela primaria a la que fue mi abuelo en Lviv, alguien la dejó… Y todavía está ahí. Solo que no sabíamos que estaba a dos cuadras de donde nos estuvimos alojando. Ayer a la mañana salimos en su búsqueda, sabiendo cuatro cosas: la escuela estaba en un parque, cerca del cuartel de bomberos, cerca de fortificaciones medievales, y a ocho cuadras de su casa (cuya cuadra habíamos descubierto el día anterior, como le lectore recordará). Los cables se empezaron a conectar cuando Migue encontró que había un cuartel de bomberos cerca, así que fuimos a verlo, era un edificio hermoso, el parque  estaba ahí al lado, y la escuela que encontramos en google maps estaba por ahí cerca. Fuimos a buscarla, y cuando llegamos, le preguntamos a un señor que estaba en la puerta… que solo hablaba ucraniano. Gracias a duolingo otra vez entendimos al menos un octavo de lo que dijo, además de que él entendió nuestras preguntas, y nos explicó no solo que esa no era una escuela, sino un montón de otras cosas innecesarias más. Después de la agradable charla, seguimos buscando, rodeando el parque. Madre se paró frente a otro edificio antiguo (aunque cuál edificio no será antiguo por ahí), lo miró, y paró a una mujer que estaba por entrar… que por suerte hablaba inglés. La mujer, otra vez, nos explicó que eso no era ni había sido una escuela, nos contó toda la historia del edificio y por qué ella trabajaba ahí, y después de explicarle lo que estábamos buscando, nos señaló un edificio blanco que estaba ahí en el parque, a media cuadra, y nos dijo que se le ocurría que podía ser ahí. Es un edificio viejo, nos dijo, está todo renovado, pero si se fijan, en una parte se puede ver un pedazo de pared antigua. Fuimos. Y era: había un cartel que decía “1818-2018”, y aunque no pudimos entrar porque era feriado, Migue la googleó y todos los datos coincidían. Todo lo que nos había contado mi abuelo, era cierto.
caras raras en la escuela

Así que alegría, alegría (o emoción para mamá que siempre llora), y después partir rápido a comer y a la estación porque teníamos un tren que tomar. A la estación llegamos temprano, y para esperar encontramos dos opciones: una sala de espera más bien vacía, en la que había que pagar para entrar, y una sala de espera llena, a la que entramos y en la que nunca me sentí tan observada. Ya la gente nos había mirado bastante por la calle, pero en ese momento fue mucho peor. Con todos los bártulos, nos fuimos ubicando e integrando, si es que era posible, al paisaje del lugar, una sala enorme ocupada en su mayor parte por gente grande, señoras con pañuelos en la cabeza y bolsas con comida, y algunes jóvenes también. El tren no fue mucho mejor, porque entre la desinformación y la pinta de turistas que tenemos, seguimos estando en la mira de la gente, que, sin embargo, siempre nos ayudó cuando necesitamos algo.

Después de una hora, llegamos a Brody. Si bien Lviv fue una ciudad importante para mi abuelo, el verdadero origen de nuestra familia se encuentra en esta ciudad. Brody es, diríamos, su ciudad natal, la ciudad de toda su familia materna, la ciudad en que mi bisabuela se casó con el padrastro de mi abuelo, la ciudad en que mi bisabuela y tatarabuela fueron asesinadas por los nazis.

Como el resto de las cosas maravillosas que habían pasado en el viaje hasta ese momento, la llegada a Brody fue con el sol del atardecer. Y el taxista que nos llevó al hotel era igual a mi abuelo.



Hace ya día y medio que estamos acá, y ya constatamos varias cosas básicas, como por ejemplo que es una ciudad muy pequeña, casi un pueblo, que casi nadie habla inglés, que de noche es tremendamente oscuro y casi no hay lugares donde ir a comer, y que la mayoría de las construcciones son viejísimas. Muchas ya eran viejas cuando mi abuelo vivió acá. Descubrimos el gymnasium (escuela) en donde probablemente  él haya terminado su secundaria cuando su familia volvió de Lviv; también visitamos el “castillo de Brody”, aunque antes nos encontramos con una gran feria mezcla de feria americana y paraguaya, en donde terminamos comprando una buena cantidad de medias a precio insólitamente barato. Cosas que pasan. Los contrastes entre la antigüedad de los edificios (y de mucha gente) y los carteles de los comercios (a lo pueblito del interior de la provincia de Buenos Aires) es increíble. Hay como un aire triste un poco extraño.

pueblo fantasma

la feria (no quise sacar muchas fotos porque ya nos miraban mucho)


el "castillo"








Y por tercera vez nos pasó lo mismo: hoy, descansando en el hotel, descubrí una página de fotos viejas de Brody en donde se veía un edificio que ya habíamos visto más de una vez (la ciudad es tan chica que pasamos varias veces por el mismo lugar) y le había sacado una foto porque me había llamado la atención. Le mostré a Migue la coincidencia de las dos fotos, volví a la foto antigua y vi que había más información: no solo era el mismo lugar, sino que ese edificio era el Hotel Bristol, el hotel al que mi abuelo fue cuando volvió a Brody después de la guerra, en donde conoció a una novia que tuvo en ese momento. Después constatamos que había un cartelito. Otra vez, la información estaba enfrente de nuestras narices y tardamos en reaccionar. Pero igual, qué suerte que llegamos a enterarnos.
el hotel Bristol

La gente resultó mucho más simpática de lo que esperábamos, o de lo que sus caras transmiten. Cuando mamá pregunta si hablan inglés, la mayoría se ríe y dice que no, y cuando ven que con Migue hablamos un poquito de ucraniano, nos empiezan a hablar como si entendiésemos todo. Y ahí empieza un ida y vuelta muy gracioso. Todas las charlas que tuvimos fueron amables. El premio se lo lleva la única chica que habla inglés del pueblo, que encontramos hoy en el único lugar que encontramos para almorzar (un lugar de sushi o comida oriental que se llama “food Factory” muy poco tradicional). Cuando nos atendió, nos dijo que nos había visto esta mañana y sabía que íbamos a ir. Se ve que ya nos fichó todo el pueblo. En fin, charla va charla viene, iniciativa de madre, terminó ofreciéndose a ir el lunes al archivo de la ciudad a preguntar por los apellidos que le dimos en una listita, porque dijo que si no hablábamos ucraniano no íbamos a poder. Así que he allí nuestra mensajera, pronto la reencontraremos y veremos cómo continúa esta historia.

jueves, 7 de marzo de 2019

Volver


Volver a este lado. Volver a este lugar, volver aunque me digan que nunca haya estado. Volver a viajar, volver a este continente, tomar cuatro aviones en dos días, atravesar controles fronteras free shops bandas horarias, observar escuchar jugar a adivinar, crear para mí un espacio tiempo. Volver a escribir acá. No saber cuánto revelar de mis proyectos internos. No saber bien develar mis proyectos internos.
Hace tres años viajé mucho tiempo con Germán, y dije “el viaje es nuestro”. Ahora, aunque, después de haber viajado sola más de 24 horas, me haya encontrado ayer con mi mamá y mi hermano, este viaje me pertenece. Desde el principio… desde antes de haber nacido.

Siempre termino haciendo cosas medio raras, no sé si por buscar que sea todo más barato o por ser tan rebuscada: me tomé un avión a Barcelona (con hambre porque low cost), pasé por la aduana, esperé, me tomé otro avión a Praga, me encontré con mamá y Miguel, nos tomamos un avión a Varsovia, esperamos, nos tomamos un avión a Lviv, pasé por otra aduana otra vez, pedimos un uber fallido, pedimos un uber again, y media hora después, recién ahí llegamos. Llegué.


el atardecer desde el avión fue un regalo hermoso

Nos recibió Anatoly, padre del dueño del airbnb que alquilamos, que no sabía hablar inglés pero tenía toda la onda del mundo, así que fue la primera prueba de que duolingo funciona y casi que nos entendimos todo con fluidez… Por así decirlo. Ucraniano y español, casi lo mismo. Ya era de noche, así que ducha rapidita, comer en un restaurant georgiano (¿será así el gentilicio de Georgia?) en donde comimos “khinkali” y otras delicias, y salimos por una caminata nocturna.

Migue practica su cara de ucraniano

cómo comer khinkali (son como empanadas hervidas, la masa parece cruda)

se lee "iak icte jinkali"


la escalera de casa


Los viajes son maravillosamente ricos. Abundantes. Puedo contar tantas cosas acá y aún seguir sacando poniendo sintiendo escribiendo tanto más. ¿Por qué vinimos a Lviv? Porque acá vivió su infancia mi abuelo, porque fue parte de su historia y por lo tanto de la nuestra. Así que hoy nos dedicamos a excavar un poco en ese asunto. Pero antes teníamos que ir a la estación, y las aventuras empezaron desde temprano.
Esperando el tranvía mamá le preguntó algo a una señora que resultó ser francesa, así que oh voilà ahí estaba hablando la casi recibida traductora (hola, moi), muy tranquila hasta que llegó el tranvía y yo era la encargada de comprarle el boleto a la conductora (dato de color: solo vimos conductoras mujeres, y acá hay muchos tranvías) y en el apelotonamiento de subir con la gente y la especie de cola que se armó la francesa empezó a gritarle a un tipo que le había robado, me dijo méfiez vous de ce type il m’a volé, después le gritaba where is my wallet, you stole from me, el tipo tenía cara de sorprendido y mientras tanto la gente seguía comprando sus boletos y cuando me llegó el turno le pasé por la ínfima ventanita el billete a la conductora que me empezó a gritar cosas que no entendía, probablemente putéandome por no darle cambio, todo increíblemente confuso hasta que tuve nuestros tickets y finalmente madame se bajó para buscar a la policía. Y sí.

la estación

¿quién tiene cara de ucraniano?

En la estación nos llevamos un par de fiascos con respecto a los viajes y horarios que habíamos visto en internet y los que nos proponían, pero decidimos aceptar y seguir caminando. Volvimos caminando deshaciendo el camino que habíamos hecho con el tranvía. Paramos en un lugar a comer deliciosa y barata comida, borscht y varénikes, que en español no sé muy bien cómo se escriben. Recorrimos bastante Lviv, o Leópolis, yo fascinada por los edificios antiguos  y hermosos que parece que se caen a pedazos, como en el que estamos ahora, aunque por dentro los departamentos están todos nuevitos o refaccionados. Encontramos un cat café (el primero al que entro en mi vida, fui feliz a pesar del olor a meo). Nos reímos de la cara de orto de la gente acá, también nos sorprendimos con algunas sonrisas. Creo que la gente joven sonríe más. Y a veces nuestro rudimentario ucraniano despierta alguna simpatía.
todo por dos pesos ucraniano (posta)


borscht

"aquí viven gatos"

encontramos una especie de feria de pasillos archiestrechos

cat café
amor



ah, acá mañana no es paro: es feriado nacional, y a las mujeres... se les regala flores. Hoy andaban todas así. No importa, tardará un poco más, pero acá también se va a caer.


Tardamos un rato en encontrar el archivo de la ciudad, en donde la única persona que sabía inglés solo logró mostrarnos un registro de impuestos pagados por judíos en el año 36 y 37, encontramos a alguien que podría ser el padrastro de mi abuelo y sacamos una foto antes de saber que había que pagar para sacar fotos (¿?), pero no se dieron cuenta. Y después encaramos para la calle pekarska.

saliendo del archivo 


Pekarska Street, la calle de los panaderos, es la calle en donde sabemos que vivía mi abuelo. Como él contaba, es la calle que termina en el cementerio. Él decía que una de las primeras canciones que había aprendido era la marcha fúnebre, por haber visto pasar tantas procesiones. También sabíamos que en la esquina de su casa había un gran hotel internacional, pero no sabíamos cuál era la cuadra ni cuál era la casa. Así que la caminamos. De principio a fin. Hasta el cementerio. Mamá flashaba hipótesis de casa y nos pedía intuición. Pegamos la vuelta por la mano de enfrente, y cuando pasamos por un gran edificio que  nos había llamado la atención, yo me había adelantado un poco inmersa en un silencio interno, y de pronto vi que desde atrás, mi mamá me hacía señas. Le habían preguntado algo a un señor que, oh voilà, no hablaba inglés pero sí un francés muy correcto. Así que ahí estaba la presque traductrice again, comunicando. Él nos contó la historia del edificio que estábamos viendo, que no era el hotel, entonces le pregunté si sabía de algún hotel antiguo en esa calle. Y nos dijo “la première maison de cette rue”, la primera casa de esta calle. Así que volvimos al principio… Y ahí en la esquina, en un edificio viejo que parecía no ser nada, de pronto vimos que había una foto de lo que había sido en otro momento: Hotel Krakowski. Así que sí. Ahí. Era esa primera cuadra. La recorrimos otra vez un poquito, mamá emocionada, señaló un balcón, dijo que para ella esa era la casa. Estaba atardeciendo. Por el cielo pasó una bandada de pájaros.
calle pekarska

así era el hotel

atardece en calle pekarska

Mientras volvíamos conectamos todos los cables y pensamos que la escuela, que según contaba mi abuelo quedaba a ocho cuadras de su casa y estaba en un parque en donde también había un cuartel de bomberos, está muy cerca de donde nos estamos quedando. Acá nomás. Pero esa búsqueda quedará para mañana.
Ahora el cansancio empieza a sentirse y siento que cumplí con mi tarea. Un poco de silencio, las aventuras van a seguir, y pronto volveré para contarlas.