martes, 7 de febrero de 2017

Bosnia y Herzegovina, y Montenegro

En realidad lo que recorrimos de esos dos países puede resumirse a dos ciudades, pasando por varias fronteras en el medio.

los chiquis en el puente de Mostar

Como había contado, Ger nos dejó en Mostar y se fue esa misma noche de vuelta un largo camino hasta Zagreb, para devolver el auto. Para sorpresa de todes, apenas lo revisaron y parece que la historia del conejito quedó atrás, y si se dieron cuenta de los daños después, no nos enteramos. De todas formas era sólo cuestión de estética, porque el auto estaba andando. Grandes, croatas.

Pasamos tres noches en Mostar, la ciudad que elegimos visitar en Bosnia, alojades como siempre por airbnb en lo de Jelena, buena onda, en la fachada tenía un mural muy bonito de una mujer andando en bici, probablemente la casa más “hippie” en la que nos quedamos. En base a las pistas que fuimos viendo por la casa nos enteramos de que Jelena tiene una banda, una mañana con Migue la pusimos en youtube y la escuchamos: de pronto estaba cantando canciones tradicionales sefaradíes en español. Muy lindo y cómodo el lugar, ahí pasamos un día solos con Migue mientras Ger se hacía revisar hasta los calzones en la frontera, fuimos a la parte histórica que es muy bonita y muy distinta de lo que veníamos viendo, cuyo atractivo principal es un puente muy viejo (en realidad, era del 1500 pero lo destruyeron en el 93 durante la guerra, y lo reconstruyeron tal cual hace unos años) que es, as always, patrimonio de la UNESCO. En general, se notó mucho el cambio con respecto a Croacia: lo primero que nos impactó fue, ya en el camino, ver la cantidad de casas completamente baleadas, llenas de agujeritos y a veces agujerotes de balas o bombas o vaya una a saber qué cosa, combinadas con edificios enteros en ruinas, todo quedó así de la guerra de la ex Yugoslavia, y así son las calles, con esa parte de la historia presente en cada fachada, para la gente es normal, es sólo algo más. Otra cosa fue empezar a ver mezquitas, que por cierto son muy diferentes de las que conocíamos con Ger, que habíamos visto en España o en Marruecos: las de acá tienen una arquitectura distinta, más bien bizantina con grandes cúpulas y minaretes finitos en punta, como de castillito. De todas formas, en Bosnia también hay católicos y ortodoxos, de modo que también vimos iglesias varias, una mezcla interesante.

en el 93 bombardearon el puente




por todos lados veíamos graffitis y murales de Red Army 1981, flashamos, y al final era el nombre de un equipo de fútbol 

balazos

escribiendo sobre Croacia

Fue un poco más gris el segundo día en Mostar, ya se sabe, por mi abuela, con ese aire extraño que traen las noticias de la muerte, con el corazón confundido salimos a caminar. En un momento en que me distancié un poquito, se me acercó un tipo que me empezó a hablar y a preguntarme si necesitábamos información o queríamos saber algo sobre el lugar: después se acercaron los chicos, empezó a hablar, y de pronto estábamos haciendo una especie de free walking tour caído del cielo con un guía personal que nos llevó por todos lados. Estuvo bueno, y aunque a mí se me hizo un poco largo por la pesadumbre interna, aprendimos un montón sobre la ciudad y sobre esta mezcla rara que es Bosnia, país que a su vez tiene adentro una especie de otro país que se llama República de Sprska (¿? sí, es así) con una distribución geográfica muy extraña, un sistema político incomprensible, y una población que se divide entre bosniaks, croatas y serbios, tres etnias distintas que tuvieron bastante que ver con lo mal que lo pasaron durante la guerra de la separación de la ex Yugoslavia.

attention, dangerous ruin

fotos bizarras de Mostar

miau

Al día siguiente salimos muy temprano a tomarnos un bus (que creíamos que era uno, y después nos tuvimos que bajar y subirnos a otro, todo con escasa información y comunicación de parte de les bosnies que son un poco dures)(sí, ahora estoy con la e) para cambiar de país, rumbo a Montenegro. Lo gracioso es que, aún estando tan cerca, tuvimos que pasar cuatro controles de frontera, porque el bus iba primero a Dubrovnik, de manera que hicimos salida de Bosnia, entrada a Croacia, salida de Croacia, entrada a Montenegro. De Croacia a Bosnia y de Bosnia a Croacia ya habíamos hecho varias, entre pasar a Dubrovnik desde Split (se requiere mirar un mapa para entender esta situación), y a Mostar desde Dubrovnik. En fin. Los pasaportes llenos de sellitos.

De Montenegro, entonces, sólo conocimos Kotor, ciudad al borde de un lago enorme y bellísimo que prácticamente vimos nada más que desde el bus, porque el clima se puso feo y nunca mejoró. Paseamos, entonces, un poquito por el pueblo ese mismo día: otra vez murallas medievales y ondas italianas, muy tranqui. Aprovechamos el segundo día de lluvia para estar todo el día en casa y descansar, hacer panqueques, hacer nada. Estar.

el centro en Kotor



desde la muralla

Kotor tiene unas murallas larguísimas que suben por la montaña

panqueques

También intentamos, como siempre, hacer averiguaciones sobre transportes, alojamientos y combinaciones que teníamos que hacer los días siguientes, cosa que siempre es un lío tremendo por acá. Finalmente, al tercer día salimos, todavía con lluvia, hacia la terminal, rumbo a un nuevo fantástico y muy distinto país, sobre el cual muy prontito voy a contar.

martes, 31 de enero de 2017

Adiós

Si nos tiramos de cabeza a la aventura, si nos subimos a un avión y un barco y un planeta de oscilación aleatoria, si elegimos prendernos fuego una vez tras otra el corazón que renace cuando muda, necesitamos al menos creer en algo que sostenga el manojo de trayectorias desordenadas que es la vida. Confianza. Entrega.

Hay cosas que mi memoria va a retener con fuerza hasta el día en que nos gane la muerte o el olvido. Pienso en gestos y aromas. El dibujo de una zeta en cursiva que, mi abuela repite, todavía no me sale dibujar. Después aparece con dos platitos de gelatina de manzana, es de noche y jugamos abajo de la mesa del living. Más tarde o más temprano nos está esperando, a mí y a mi abuelo que fue a buscarme a la escuela. Como todos los días. Nos abre la puerta o está ya en la cocina y se empieza a oler la espuma del café con leche. Corro al rincón de la mesada en que está esa tapa verde de plástico para ver si abajo hay torta, o masitas. Siempre hay algo. A veces strudel. Una vez me enseñó cómo hacerlo, y me mostró cada paso, me acuerdo bien. A veces quería que yo fuera una “señorita”. Hay otro recuerdo que es la primera pesadilla en mi memoria: el origen de mis miedos. Estamos solas de noche en la cocina, y por la puerta ventana del balcón aparecen los monstruitos. Yo los enfrento con mi anillo de rayos láser. Estábamos solas de noche en la cocina, igual exacto que esa noche en la que me quedé a dormir y vomité. El olor y el sabor de vómito los recuerdo también: choclo.

Hay cosas que mi memoria va a retener y aún estoy sosteniendo en mí a pesar de ella. Irnos a dormir temprano anteanoche en el departamento de Mostar en la habitación de paredes azules con tres camas subiendo el volumen del teléfono, sabiendo. Despertar a las seis de la mañana con el llamado de mamá. Con la luz de noche y una frazada como capa movernos a otra habitación y abrazarnos sentadxs en el sofá. No me voy a olvidar que la noche en que murió mi abuela estaba mi hermano al lado mío, del lado de acá. Un abrazo que es un regalo del camino en el que decidimos confiar. Esta aventura es un barco de maravilla tormentoso, podemos entregarnos a la vida y a la muerte y va a estar bien. Siempre va a estar bien. Todo pasa, al fin y al cabo, en un mismo lugar.

No me voy a olvidar de esa mañana juntxs, hace dos días, acá. Hace tantos meses que estoy aprendiendo mareada y confusa y se me pasa cada cosa y no recuerdo nada con claridad, pero de esto no me voy a olvidar. Ayer respiré por unos minutos, y entre sensaciones cariñosas mi abuela se rió y me habló con ternura. De eso tampoco me voy a olvidar. Ni de todo este amor, jamás.

domingo, 29 de enero de 2017

Croacia: welcome to the balkans


Hace ya más de una semana, un ratito después de la escala en Bruselas, estábamos aterrizando en Zagreb, el destino más al Este en el que habíamos estado, al menos en este viaje. Apenas salimos del aeropuertito (tito), se nos apareció el paisaje que tanto esperábamos y al que, un poco, temíamos: todo cubierto de nieve, helado. Con una mezcla de rara excitación, mucho frío y curiosidad, seguimos el itinerario que nos indicó la chica de información turística en un español muy correcto: bus, tranvía y tranvía, para llegar al departamentito (tito) que le alquilamos a Marko, uno de esos personajes que aparecen en la historia, muy buena onda y muy emocionado porque éramos sus primeros huéspedes y quería que todo salga bien. Aunque eran cerca de las cinco de la tarde, ya era de noche y estábamos cansadxs, así que sólo los chicos salieron un poquito más para volver con una pizza, y nos quedó el día siguiente para conocer la ciudad. Recorrimos lo que pudimos del centro nevado, explorando con el mismo frío y la misma curiosidad del principio, parando de a ratos para entrar en alguna panadería o algún museo o algún café para calentarnos el cuerpito.






el que adivine en dónde sacamos esta foto se gana un dulce de leche

Pero como no habíamos visto suficiente nieve ni se nos habían congelado demasiado las manos y los pies, al otro día salimos para el Parque Nacional más conocido de Croacia, el Plitvice, en donde el atractivo principal consiste en una serie de lagos y cascaditas entre montañas. Claro que todas las fotos típicas del lugar las sacaron en verano, cuando parece que el agua toma unos colores preciosos: a nosotrxs nos tocó una foto distinta, vamos a decir, toda blanca y helada. Llegamos ya de noche al alojamiento que conseguimos cerca, dormimos en nuestro refugio calentito y rodeado de nieve (después de que la dueña de casa nos haya convidado un fuerte “schnapps” tan alcohólico que casi me deja de cabeza), y al día siguiente fuimos a conocer. No se podía visitar todo el parque, pero en parte mejor así, porque para cuando llegamos al límite del recorrido permitido, después de más o menos dos horas en la nieve, con una patinada en el hielo y caída de culo incluida, yo ya estaba congelada. Igual, para mí, fue impresionante y hermoso. Nos fuimos con los ojos brillantes, llenos de blanquito.

vista desde la ventana de nuestra casita


lago congelado









Y ahí, ya en la ruta, una vez más, la aventura se hizo trágica y volvió a aparecer un conflicto, esta vez en forma de una atrevida liebrecita que se nos cruzó fugazmente en el camino, muriendo en el acto sin remedio, volando por los aires mientras Ger frenaba asustado y todxs conteníamos por unos segundos la respiración. No sólo fue triste el accidente y la muerte así tan cruda que aparecía de golpe, sino también lo que los chicos constataron un minuto después: varias partes del frente del auto habían quedado visiblemente dañadas o abolladas, lo cual significaba pagar una fortuna a la empresa que nos lo alquiló, porque no habíamos pagado la franquicia del seguro completo que nos ofrecieron. Esta vez, nada que hacer, c'est la vie, o al menos eso pareció.

El incidente no nos impidió, sin embargo, seguir andando, y pronto pasamos por un túnel que de una forma mágica y maravillosa transformó el clima helado y las rutas llenas de nieve alrededor en un clima mucho mejor y más pasable. Nos estábamos acercando a la costa, y después de un rato llegamos al siguiente destino: Zadar, en donde, ya de noche, visitamos el casco viejo y la costanera, con su curioso órgano de mar, que hace unos sonidos muy locos, y su “greetings to the sun”, un círculo enorme de paneles solares que se cargan durante el día y hacen luces locas de noche. Ger y yo sentimos, caminando por las callecitas de la parte vieja, un ambiente conocido: todo se parecía mucho a varios pueblitos que conocimos en Italia. Todo muy bonito, al día siguiente conocimos lo mismo pero de día, y después ya volvimos a embarcar con destino a Split, cada vez más al sur. Antes paramos un ratito en el pueblo de Sibenik, que nos encontró de pronto perdidxs entre callecitas estrechas, oscuras y desiertas que subían y bajaban. Muy fantasma, muy lindas también.





Así que, Split: parece que ahí está explotando el turismo, pero por suerte vinimos en invierno, por lo cual pudimos ver una ciudad no tan invadida, y conocer con tranquilidad el famoso Palacio Dioclesiano, que es como un complejo de ruinas de la época romana en adelante, amurallada, como un pequeño casco histórico dentro del centro que ya es histórico de por sí. Paseamos, nos costó (y no fue la única vez) encontrar lugar para comer, tanto de día como de noche: en casi todos los lugares croatas en donde estuvimos, constatamos que hay bares y cafés pero no venden comida (¿la gente sólo toma, acá?), o restaurantes demasiado caros para lo que pensamos gastar, o panaderías, o... Nada. Algún supermercado, quizás. Pero cero comida al paso, y mucho menos opciones vegetarianas, por supuesto, salvo el burak, o burek, no sé, una especie de empanada de masa hojaldrada y en espiral, pero es súper frita, así que comerla todo el tiempo no da. Igual, también, siempre alguno que te vende cortes de pizza encontrás.


señoras con pañuelo en la feria de frutas


mientras intentábamos hacer esta ridiculez, aparecieron unos como de un noticiero o algo así a filmarnos (¿?)

gatos croatas, se juntan a vaguear

Seguimos camino adelante, nuestro croata mejorando (gracias a Migue que iba tirándonos vocabulario), intentando no pensar en la liebre o, como lo llamamos, el conejito (¿y si era una?¿y si era ella?) y sus consecuencias, hicimos una parada en el pueblito de Makarska, con su bella pequeña bahía pegada a la montaña. Hay algo en la costa croata, costa adrática, Dalmasia o como se prefiera, que me hizo sentir extraña: mirando al mar, nunca se ve el horizonte infinito, jamás, porque siempre hay una, dos, tres, diez islas e islitas enfrente, como montañas que van saliendo del agua y que hacen un paisaje rarísimo.
en Makarska

el agua es increíble



Y así, como quien te dice, boludeando, llegamos al último destino croata, el destino super star: Dubrovnik. Antes tuvimos que pasar necesariamente por un pedacito que Bosnia tiene en la costa, porque así de ridícula es la geografía y las fronteras, así que otro sellito que va y que viene en los pasaportes.
Qué decir de Dubrovnik, además de que todxs lo conocen por Game of Thrones, y que ya pasamos por tantas locaciones en donde se filmó esa serie, que voy a tener que empezar a verla. Es el destino más turístico del país, y una vez más, tiene un casco viejo hermoso pero muy preparado para quien vaya con intenciones de pagar precio París en cada restaurante y souvenir. Lo mejor de Dubrovnik fue la personaje que nos hospedó por airbnb: Majda, una señora sesentona que podría describir como señora-top-charleta-borracha-o-en-un-estado-permanente-de-excitación, que llegó una hora después de lo más o menos pautado (en el medio llegó una vecina que no hablaba inglés a tratar de explicarnos la situación) porque su suegra estaba en el hospital, y cuando llegó tardó una hora más en contarnos toda la historia de por qué su suegra estaba en el hospital y por qué hubiese sido mejor que se muera; historia que incluía a la guerra de la ex Yugoslavia, préstamos bancarios, francos suizos, ataques al corazón, y hasta a mí misma con algo que no entendí en un banco de Zagreb. Para qué contar el resto. En fin, es cierto que tuvimos una vista hermosa de la ciudad, y pudimos recorrerla bastante. Lo segundo mejor fueron los gatos, que estaban por todos lados y que eran súper mimosos y amigables. También visitamos un museo sobre la guerra, y empezamos a interiorizarnos un poquito en la historia de estos países que hasta hace tan poco estaban matándose entre sí. Muy fuerte.


no favorecía la luz, pero esa era la vista


¿cuántos gatos hay en esta foto?

Ayer, entonces, nos despedimos de Dubrovnik, no sin antes cargarnos un poco de sol en la playa, y hacer una excursión a una especie de easy o sodimac croata para comprar un aerosol metalizado para intentar esconder las marcas del auto (¿?), idea que estuvieron masticando los chicos durante todos esos días. Al final, terminamos una vez más en el garage de lo de Majda, llamándola para pedirle cinta y no sé qué más, los chicos haciendo todo tipo de bricolage sobre el capó mientras yo me daba por vencida. Una vez que ya no hubo más que hacer, volvimos a la ruta y cruzamos nuevamente la frontera, esta vez para que Ger nos deje en nuestro siguiente destino bosnio, y siga de largo para ir a devolver el auto en Zagreb.


Pero esto ya es historia de otro país, y se me hizo larga la cuestión. Qué pasó con el auto y todo el final de esta historia, vendrá, pues, en la siguiente entrega de esta ridícula novela de la vida misma.

domingo, 22 de enero de 2017

Casa

El martes 17 de enero me levanté en el departamentito de Madrid, me hice un mate, prendí la compu, intenté terminar de escribir sobre Marruecos. Cerca de 10.30 me venció la ansiedad, le di un besito a Ger durmiente y salí. Caminé hasta el metro, bajé, subí: ya había calculado minuciosamente el día anterior el recorrido a hacer, todas las combinaciones, primero la uno, después la seis, de ahí a Nuevos Ministerios y entonces la ocho directo hasta el final. Caminaba naturalmente, como si estuviese en mi ciudad, mirando a la gente que iba y venía a hacer cosas; yo también hoy voy a hacer cosas, tengo un horario, pensaba, pero es diferente, es una obligación en medio de este viaje y una hora que me hace feliz. Llevaba mi libro pero no pude leer demasiado. Igual el viaje se pasó volando, doce menos diez ya estaba otra vez en el mismo lugar de donde había salido la noche anterior. Miré las pantallas, vuelo atrasado. Los aeropuertos, que antes me parecían lugares extraordinarios que guardan miles de historias fascinantes y personajes exóticos para observar y escuchar, ahora me agobian, o me alteran, o, peor: a veces me dan exactamente igual. Sólo que en ese momento no quería esperar. Fue la hora y media más larga del mundo, parada mirando gente salir por las puertas automáticas, tratando de adivinar si era el vuelo que esperaba o no. Al lado mío otra gente se empezaba a impacientar, llegaban otrxs siempre otrxs pero nunca el nuestro. De pronto, un mensaje: “ya estoy en barajas, recién bajo del avión”. El corazón pasó de cien a mil latidos por minuto, “dale, hace una hora que estoy acá parada”, “estoy por hacer migraciones”, la duda, la espera, la otra gente, más espera, y de pronto ahí estaba, ahí estábamos viéndonos la cara después de diez meses, de pronto el aeropuerto no existía y la espera no importaba y ahí estábamos abrazándonos y llorando como dos boludxs.
Llegó mi hermano, este viaje no se puede poner más mejor, no me importa nada ya.



Qué decir después de esto, bueno, después de descansar y comer y reírnos y llegar, sacamos a pasear al Migue todavía mareado por Madrid, visitamos el bar Cien Montaditos que ya es nuestro clásico de toda España, tuvimos frío. Al día siguiente fuimos a Toledo, que está ahí nomás de Madrid, hicimos un free walking tour, otro de esos pueblitos llenos de historia, buscamos solcito porque el día estaba helado, vimos muchas espadas y una china vino a sacarse una foto con nosotrxs (?). Todo muy lindo, todo muy rico (excepto el mazapán, que no es para tanto, che).

con el oso de Madrid

Toledo, bonito



en la antigua sinagoga, Charlie medio de contrabando en una maqueta. Después se me quedó ahí porque apareció la que vigila la sala y me dio vergüenza sacarlo. Al final lo agarró ellá y se lo tuvimos que ir a pedir (Migue habló), pensaba que era de unos niños, ji ji

me hacen feliz


Al otro día costó dejar el departamento, era chiquito pero cómodo y se sentía muy como el hogar. Fuimos a la estación Atocha porque yo había visto en internet que ahí había lockers abiertos hasta 23.30 para dejar nuestras valijas, así podíamos pasear un poco más y a la noche buscarlas para ir (una vez más) al aeropuerto. Así que ahí las dejamos muy campantes y enseguida ya estábamos encantadxs con la estación y todas las plantas que tiene adentro, después cruzamos la calle y nos metimos al museo Reina Sofía por un buen rato, otra vez Picassos y Dalíes y Juan Gris, imposible para mí no pensar en The limits of Control y en Jarmusch. Después hicimos una breve excursión a Decathlon (porque es visita obligada para quien llega), y a otra sucursal de nuestro fiel Cien montaditos para la cena.

Atocha

en el Reina Sofia

¿Faltaba un conflicto, verdad?
Muy tranquis, llegamos once menos algo a la estación. Caminamos por el pasillo hasta donde teníamos que ir, ahí donde estaban las plantas y al fondo los lockers y ahí donde de pronto constatamos que no se podía pasar, ya estaba cerrado. ¡¿Qué?!, no nos caía la ficha, fuimos a preguntarle a unos guardias que estaban por salir y nos dijeron que los locker cerraban diez y veinte, que ya estaba, que si teníamos que sacarlo porque teníamos avión, quizás mostrando el pasaje en servicio al cliente algo podían hacer. Fuimos a servicio al cliente, un tipo con menos onda que un renglón, nos pregunta si tenemos pasaje, mostramos, habla por teléfono, nos dice que justo había un cambio de guardia y que esperemos quince minutos ahí. Nos sentamos más tranquilxs, pensando que en quince minutos alguien venía a abrirnos, pero oh sorpresa, no era que alguien iba a venir sino que el tipo iba a volver a llamar, esta vez para colgar y decirnos que no había nada que hacer porque no tenían autorización para abrir el lugar donde estaban los locker, que no y que no y que no, y que abrían recién cinco y veinte de la mañana. 5.55 teníamos que estar en Barajas subiendo al avión. Era imposible, todo negro. Nos empezó a hablar un gordo que estaba ahí y era el jefe, entre queriendo hacerse el buena onda y a la vez el superior que no podía hacer nada, después le ganó la mala onda y el querer irse a su casa, me di cuenta que mi enojo no llevaba a ninguna parte más que a llamar a que nos saquen los de seguridad. Nos quedamos ahí en el medio, como en el vacío, sin saber qué hacer. Teníamos todo en los locker, hasta las computadoras. Pensamos opciones: que se vayan dos igual, y se queda uno y después saca otro pasaje con las tres valijas. Horrible. Llamamos a la aerolínea: sólo pagando 50 euros podíamos cambiar el vuelo, para otro tres días más tarde. Horrible. Angustia total. Pasó así un rato, probablemente fueran a echarnos de la estación en algún momento, ni siquiera teníamos dónde dormir, la idea era pasar la noche en el aeropuerto. Había por ahí unos guardias dando vueltas, ahora parecía que se estaban tomando un cafecito parados, y qué pasa si, con probar no perdemos nada, quizás ellos, bueno a ver. Fuimos a ellos con un último rayito de esperanza, así a lo telenovelesco, con mi cara al borde del llanto les hablamos, yo desesperada aludiendo a las injusticias del servicio al cliente, no puede ser, tan fácil agarrar una llave y ayudarnos, nadie nos quiere ayudar, se quieren ir a su casa, no nos entienden. El guardia empatiza, dice que él no pincha ni corta en esa decisión pero a los dos minutos se le mueve la manito, empieza a buscar el celular y en ese gesto yo veo nuestra salvación: a ver, voy a intentar a hablar con alguien que quizás tiene más influencia. Así van apareciendo otros guardias, y entre preguntas, llamados telefónicos, mostrar el pasaje que Migue tenía impreso (gloria a su precaución), llorar y alabar la gentileza de esos superhéroes que nos estaban por salvar, uno de ellos cierra el celular, nos mira y dice “me deben un café”. Y otro de ellos nos dice vamos, vengan conmigo, yo les voy a abrir. Gloria, gloria, gloria al señor guardia Rafael que hizo los veinte pasos y dos movimientos de muñeca para abrir y cerrar una puerta necesarios para salvar el pellejo de nuestro viajecito.
Es que sin adrenalina es más aburrido.
Gracias San Rafael, por siempre te recordaremos.

La noche en el aeropuerto, la escala en Bruselas en donde repentinamente decidimos salir del aeropuerto y tomarnos un tren sólo para mostrarle un poco a Migue el centro y comer un waffle y volver corriendo, y finalmente llegar al destino más al Este y más al frío de lo que estuvimos en todo este viaje. Pero eso es otra historia que pronto, prontito voy a contar.

Charlie con un MONTÓN de playmobil en Barajas

Bruselas again

la foto que nos debíamos 


Lo importante es que llegó mi hermano, y ahora estoy con estos dos que me hacen reventar de felicidad, y aunque por un momento parecía que estaba todo negro con eso de las valijas, por dentro siempre estuvo todo bien, y siempre está todo bien, y no hubo momento en estos diez meses en que me haya sentido, más allá de toda ubicación espacial, más como en casa, en todo momento, en todo lugar.