domingo, 22 de enero de 2017

Casa

El martes 17 de enero me levanté en el departamentito de Madrid, me hice un mate, prendí la compu, intenté terminar de escribir sobre Marruecos. Cerca de 10.30 me venció la ansiedad, le di un besito a Ger durmiente y salí. Caminé hasta el metro, bajé, subí: ya había calculado minuciosamente el día anterior el recorrido a hacer, todas las combinaciones, primero la uno, después la seis, de ahí a Nuevos Ministerios y entonces la ocho directo hasta el final. Caminaba naturalmente, como si estuviese en mi ciudad, mirando a la gente que iba y venía a hacer cosas; yo también hoy voy a hacer cosas, tengo un horario, pensaba, pero es diferente, es una obligación en medio de este viaje y una hora que me hace feliz. Llevaba mi libro pero no pude leer demasiado. Igual el viaje se pasó volando, doce menos diez ya estaba otra vez en el mismo lugar de donde había salido la noche anterior. Miré las pantallas, vuelo atrasado. Los aeropuertos, que antes me parecían lugares extraordinarios que guardan miles de historias fascinantes y personajes exóticos para observar y escuchar, ahora me agobian, o me alteran, o, peor: a veces me dan exactamente igual. Sólo que en ese momento no quería esperar. Fue la hora y media más larga del mundo, parada mirando gente salir por las puertas automáticas, tratando de adivinar si era el vuelo que esperaba o no. Al lado mío otra gente se empezaba a impacientar, llegaban otrxs siempre otrxs pero nunca el nuestro. De pronto, un mensaje: “ya estoy en barajas, recién bajo del avión”. El corazón pasó de cien a mil latidos por minuto, “dale, hace una hora que estoy acá parada”, “estoy por hacer migraciones”, la duda, la espera, la otra gente, más espera, y de pronto ahí estaba, ahí estábamos viéndonos la cara después de diez meses, de pronto el aeropuerto no existía y la espera no importaba y ahí estábamos abrazándonos y llorando como dos boludxs.
Llegó mi hermano, este viaje no se puede poner más mejor, no me importa nada ya.



Qué decir después de esto, bueno, después de descansar y comer y reírnos y llegar, sacamos a pasear al Migue todavía mareado por Madrid, visitamos el bar Cien Montaditos que ya es nuestro clásico de toda España, tuvimos frío. Al día siguiente fuimos a Toledo, que está ahí nomás de Madrid, hicimos un free walking tour, otro de esos pueblitos llenos de historia, buscamos solcito porque el día estaba helado, vimos muchas espadas y una china vino a sacarse una foto con nosotrxs (?). Todo muy lindo, todo muy rico (excepto el mazapán, que no es para tanto, che).

con el oso de Madrid

Toledo, bonito



en la antigua sinagoga, Charlie medio de contrabando en una maqueta. Después se me quedó ahí porque apareció la que vigila la sala y me dio vergüenza sacarlo. Al final lo agarró ellá y se lo tuvimos que ir a pedir (Migue habló), pensaba que era de unos niños, ji ji

me hacen feliz


Al otro día costó dejar el departamento, era chiquito pero cómodo y se sentía muy como el hogar. Fuimos a la estación Atocha porque yo había visto en internet que ahí había lockers abiertos hasta 23.30 para dejar nuestras valijas, así podíamos pasear un poco más y a la noche buscarlas para ir (una vez más) al aeropuerto. Así que ahí las dejamos muy campantes y enseguida ya estábamos encantadxs con la estación y todas las plantas que tiene adentro, después cruzamos la calle y nos metimos al museo Reina Sofía por un buen rato, otra vez Picassos y Dalíes y Juan Gris, imposible para mí no pensar en The limits of Control y en Jarmusch. Después hicimos una breve excursión a Decathlon (porque es visita obligada para quien llega), y a otra sucursal de nuestro fiel Cien montaditos para la cena.

Atocha

en el Reina Sofia

¿Faltaba un conflicto, verdad?
Muy tranquis, llegamos once menos algo a la estación. Caminamos por el pasillo hasta donde teníamos que ir, ahí donde estaban las plantas y al fondo los lockers y ahí donde de pronto constatamos que no se podía pasar, ya estaba cerrado. ¡¿Qué?!, no nos caía la ficha, fuimos a preguntarle a unos guardias que estaban por salir y nos dijeron que los locker cerraban diez y veinte, que ya estaba, que si teníamos que sacarlo porque teníamos avión, quizás mostrando el pasaje en servicio al cliente algo podían hacer. Fuimos a servicio al cliente, un tipo con menos onda que un renglón, nos pregunta si tenemos pasaje, mostramos, habla por teléfono, nos dice que justo había un cambio de guardia y que esperemos quince minutos ahí. Nos sentamos más tranquilxs, pensando que en quince minutos alguien venía a abrirnos, pero oh sorpresa, no era que alguien iba a venir sino que el tipo iba a volver a llamar, esta vez para colgar y decirnos que no había nada que hacer porque no tenían autorización para abrir el lugar donde estaban los locker, que no y que no y que no, y que abrían recién cinco y veinte de la mañana. 5.55 teníamos que estar en Barajas subiendo al avión. Era imposible, todo negro. Nos empezó a hablar un gordo que estaba ahí y era el jefe, entre queriendo hacerse el buena onda y a la vez el superior que no podía hacer nada, después le ganó la mala onda y el querer irse a su casa, me di cuenta que mi enojo no llevaba a ninguna parte más que a llamar a que nos saquen los de seguridad. Nos quedamos ahí en el medio, como en el vacío, sin saber qué hacer. Teníamos todo en los locker, hasta las computadoras. Pensamos opciones: que se vayan dos igual, y se queda uno y después saca otro pasaje con las tres valijas. Horrible. Llamamos a la aerolínea: sólo pagando 50 euros podíamos cambiar el vuelo, para otro tres días más tarde. Horrible. Angustia total. Pasó así un rato, probablemente fueran a echarnos de la estación en algún momento, ni siquiera teníamos dónde dormir, la idea era pasar la noche en el aeropuerto. Había por ahí unos guardias dando vueltas, ahora parecía que se estaban tomando un cafecito parados, y qué pasa si, con probar no perdemos nada, quizás ellos, bueno a ver. Fuimos a ellos con un último rayito de esperanza, así a lo telenovelesco, con mi cara al borde del llanto les hablamos, yo desesperada aludiendo a las injusticias del servicio al cliente, no puede ser, tan fácil agarrar una llave y ayudarnos, nadie nos quiere ayudar, se quieren ir a su casa, no nos entienden. El guardia empatiza, dice que él no pincha ni corta en esa decisión pero a los dos minutos se le mueve la manito, empieza a buscar el celular y en ese gesto yo veo nuestra salvación: a ver, voy a intentar a hablar con alguien que quizás tiene más influencia. Así van apareciendo otros guardias, y entre preguntas, llamados telefónicos, mostrar el pasaje que Migue tenía impreso (gloria a su precaución), llorar y alabar la gentileza de esos superhéroes que nos estaban por salvar, uno de ellos cierra el celular, nos mira y dice “me deben un café”. Y otro de ellos nos dice vamos, vengan conmigo, yo les voy a abrir. Gloria, gloria, gloria al señor guardia Rafael que hizo los veinte pasos y dos movimientos de muñeca para abrir y cerrar una puerta necesarios para salvar el pellejo de nuestro viajecito.
Es que sin adrenalina es más aburrido.
Gracias San Rafael, por siempre te recordaremos.

La noche en el aeropuerto, la escala en Bruselas en donde repentinamente decidimos salir del aeropuerto y tomarnos un tren sólo para mostrarle un poco a Migue el centro y comer un waffle y volver corriendo, y finalmente llegar al destino más al Este y más al frío de lo que estuvimos en todo este viaje. Pero eso es otra historia que pronto, prontito voy a contar.

Charlie con un MONTÓN de playmobil en Barajas

Bruselas again

la foto que nos debíamos 


Lo importante es que llegó mi hermano, y ahora estoy con estos dos que me hacen reventar de felicidad, y aunque por un momento parecía que estaba todo negro con eso de las valijas, por dentro siempre estuvo todo bien, y siempre está todo bien, y no hubo momento en estos diez meses en que me haya sentido, más allá de toda ubicación espacial, más como en casa, en todo momento, en todo lugar.


martes, 17 de enero de 2017

Marruecos

Y bueno, pintó irse a Marruecos. Pintó nomás.
Pintó, y Marruecos nos pintó la cara. Pláf.


La última noche en Madrid, dejarle los bolsos a alguien, a la mañana temprano devolver el auto en la carrera por llegar bien al aeropuerto, tomar el avión, ver el estrecho de Gibraltar ahí clarito como en los mapas y de pronto, tarán, el modernoso aeropuerto de Marrakech, y un bus que nos deja en la plaza del centro.
Y ahí, todo.
Pero todo.

El olor a bosta y pis de caballo intenso, la gente que mira, los autos que pasan, las bicis, el desorden de cosas que están pasando todas a la vez, las carretas para los turistas, los vendedores, los que te ofrecen taxi, los hombres con trajes largos y capuchas puntiagudas a lo star wars, las mujeres con burka, sin burka, con cara y sin pelo, sin cara, el olor a podrido, tantos olores, y de pronto el mercado de la plaza, puestitos de jugo de naranja, de frutas disecadas, botellitas y colores, el ruido del encantador de cobras y los gritos, mucha gente que se grita o te grita para venderte algo o cobrarte si los mirás o les sacás fotos, se te acercan, algunos con monitos, mujeres que te ofrecen tatuajes de henna, motos, gente que pasa y que corre, y todo. Pero todo.
Ya sólo estando unos momentitos en Marrakech vimos esto, y sentadxs comiendo un almuerzo súper barato en un “snack” frente a la plaza vimos más, por ejemplo un tipo siendo arrestado por policía de civil y mucha gente siguiendo la escena fascinada, viejos con carros vendiendo cosas incomprensibles, gente que se agolpaba a ver una escena en el local de al lado de donde estábamos: después Ger se asomó y vio que había un tipo tirado en el suelo, ¿pero vos decís que está muerto? Y, puede ser, no, pará, tanto no creo. Así nos recibió Marruecos.

imágenes del rey, por todas partes

Charlie en la plaza. Difícil sacar fotos sin que alguien se te enoje, te grite o quiera que le pagues

Y es que visitar un país así, y principalmente una ciudad así, que es como de otro tiempo y otra dimensión u otra cara del mundo tan diferente de la que veníamos acostumbradxs a ver, no creo que sea algo como para procesar y redactar así tan pronto y de una vez, además de que pasan los días rápido y allá no llevamos compu y ni siquiera pude relatar los días previos aún en España, la Alhambra y Almería, Alicante, Valencia, Albarracín. Tanto acumulado, y sé que mañana se vienen nuevas emociones así que prefiero vomitar hoy lo que salga sobre este lugar bizarro y maravilloso del que apenas nos fuimos hace unas horas.

El primer día ya fue increíble, siendo entre testigos y partícipes de las escenas callejeras, descubriendo el hermoso “riad” (así se llaman las casas tradicionales, que hoy en día están en su mayoría convertidas en hostel) en donde nos hospedamos, visitando el Palacio de Bahía y simplemente las calles, callecitas y callejuelas, y plazas con mezquitas, pasando por aromas de putrefacción a especias y perfumes, y escuchando por primera vez un sonido muy particular que volveríamos a escuchar durante toda la semana: el llamado a la oración, siempre a las mismas horas del día. Digamos que todos los sentidos muy despiertos, y sobre todo la atención puesta en no ser atropelladxs por las motitos o bicis que pasan a toda velocidad por los pasajes diminutos. Ala noche la plaza se transformó, con el mismo quilombo pero oscuro con algunas lucecitas, y unos grupos extraños que se formaban alrededor de lo que creímos eran músicos que daban pequeños conciertos, por el sonido de los tambores, pero después descubrimos que además armaban una especie de espectáculo narrado, porque hablaban y cada tanto tocaban, la gente se agolpaba en círculo alrededor y nosotrxs no entendíamos nada.

calles tranquilas

en el Palacio de Bahia




a la noche en la plaza, el tipo ya me estaba diciendo algo por la foto

Y después, el gran viaje: contratamos uno de esos tour que te llevan al desierto, por tres días y dos noches. A las siete y media de la mañana estábamos subidos a una combi en la plaza, saludando a Abdou, nuestro chofer, y a una alemana que nos sacó charla desde el primer momento. Después se fueron sumando dos franceses (uno de ellos de origen marroquí), un holandés y un español. Opiniones y anécdotas varias habría para compartir sobre cada uno de estos personajes, pero para resumir se puede afirmar que fue un lindo grupo, y entre conversaciones en inglés, francés, español, y algo de árabe y berber que Abdou nos intentó enseñar, nos divertimos y nos fue muy bien. Hubo muchas horas de ruta en la combi, con pequeñas paradas para ir al baño o para sacar fotos a algún paisaje en particular. La primera locura fue atravesar las montañas nevadas camino al desierto, pero pronto la sorpresa fue pasando y fueron apareciendo otras novedades, pueblitos en el medio de la nada, gente sola en medio de la nada, cosas extrañas, ruinas. Visitamos también Ait Ben Haddou, que tenía un poco de todo eso: pueblito, gente rara, mucho silencio y vacío, y una parte casi toda de ruinas en donde parece que ya sólo viven cuatro familias, o al menos eso no paraba de decir nuestra especie de guía (el peor guía de la vida, que a duras penas hablaba inglés o francés, y lo poco que decía era de dudosa credibilidad), y en donde la gran historia era que ahí filmaron escenas de Gladiador, de Prince of Persia, Lawrence de Arabia y de Game of Thrones. Pero en fin, un lugar increíble.  



legendaria foto en el viento que nos sacó la alemana


Después dormir en un hotel al que nos llevó Abdou en uno de esos pueblos que ya era más bien una ciudad (si se deja de lado el concepto de ciuda que venimos trayendo de Europa, claro), nada mal, la cama más dura que usamos en nuestra vida, reírnos con el grupo de la sopa que nos sirvieron, rica tajina vegetariana para la alemana y para mí, reírnos más de cómo para todo terminamos pagando. Al otro día de nuevo a la ruta, visitamos un oasis con otro guía, Mourad, esta vez con mucha más onda e información sobre palmeras, naturaleza, costumbres berberes (es que uno piensa árabes, pero en verdad la mayoría del país son berberes que adoptaron el islam), historias, chistes. También nos llevó, en el pueblito al lado del oasis, a visitar la casa de una familia tradicional, en donde nos mostraron un montón de alfombras típicas hechas a mano, nos hablaron sobre eso y, obvio, intentaron hacer algún negocio, que sólo funcionó con la alemana. Después visitamos un cañón enorme que me hizo pensar en Talampaya pero en otra dimensión. Y, finalmente, el desierto: ahí en una puntita del Sahara nos estaban esperando nuestros camellos, mejor dicho, nuestros dromedarios, a quienes montamos en una pequeña expedición hacia una duna gigante bajo la cual estaba nuestro campamento.

foto improvisada de la habitación de hotel

el grupete siguiendo al guía por el oasis

el cañón loco

expedición Sahara




Y en este punto, hay poco que evocar salvo el silencio intranquilo del desierto, perturbado siempre por el sonido de las ráfagas de viento que volaban arena y te pegaban en la cara, el paso extraño de los dromedarios, que son más altos y más incómodos de lo que parece. Hay un detalle que para mí es esencial porque esta historia también es mi vida, y es que justo ese día era, o casi era luna llena y yo había empezado a menstruar, disculpe si este dato incomoda, preciadx lectorx; si es así, primero que no debería, y segundo, imagínese montar sobre la joroba de un animal durante hora y pico con las piernas abiertas intentando que la derecha no se introduzca entre las piernas del de adelante (iban atados en fila, y, además, haciendo sus necesidades visible y olorosamente cada dos por tres), hinchada, buscando no caerse y adaptarse a los movimientos de sube y baja, justo ahí en el primer día. Temía que eso me pasara, por cuestiones de cálculos y fechas, pero finalmente sucedió y creo que fue una experiencia increíble, así que una vez más no lamento, sino que agradezco a mis ciclos.
Anocheció en el desierto y pasó de todo muy tranquilamente: desde jugar al jueguito de las manos que golpean una o dos veces en ronda sobre una mesa, hasta cenar tajina hecha ahí mismo, escuchar y tocar tambores africanos, reír y aprender nuevas palabras en torno a una fogatita pequeña, y la luna ahí brillando, iluminando las dunas infinitas.

los campamentos desde la duna gigante

la luna y el mar de arena


amanece



Creo que no hay tanto que contar después de esto. El día siguiente fue básicamente andar camino atrás en la ruta y muchas horas de combi, llegar a Marrakech, el quilombo otra vez y el riad. Al otro día nos fuimos a Casablanca, en un tren de casi cuatro horas. Habíamos reservado dos noches ahí por airbnb, en lo de una pareja de Senegal, y pronto nos dimos cuenta que podríamos haber pasado sólo una mañana, porque no hay tanto para ver o hacer en la ciudad, más que una mezquita enorme y hermosísima, y el famoso Rick's café, obviamente no el original, que sólo existió en algún estudio allá por Hollywood, aunque un señor marroquí con el que hablamos nos asegurase que ahí habían filmado la película. Pero al final estuvo bien porque tuvimos tiempo de descanso, cenamos dos veces en el mismo restaurant a una cuadra porque era muy bueno y barato, después nos fuimos y constaté que había perdido cien dólares que me quedaban, en algún momento, en algún lugar, me puse mal, Ger me convenció de que no sea boluda, y después de un largo rato se me pasó.

desayuno en la terraza del riad

en la Madraza, o escuela coránica (antigua) en Marrakech, antes de salir para Casablanca

la mezquita de Casablanca, impresionante



en el Rick's Café (adentro no dejaban sacar fotos, pero estaba muy bien ambientado, aunque con precios París)

En Marrakech de vuelta teníamos que encontrar el otro riad, porque para el que habíamos ido antes no había lugar esas fechas, lo cual implicó toda una odisea entre, again, las callejuelas enquilombadas que conocíamos pero que nos volvían a sorprender y a asustar un poco (al menos a mí, y más mientras iba anocheciendo), y que en la última placita de referencia nos llevó a preguntarle a un tipo de ahí (como decían las indicaciones que nos mandaron), quien nos llevó laberínticamente al lugar, seguido por un séquito de otros que le iban gritando cosas, y a quien, obviamente, había que dar una propina (claro que sólo nos quedaban unas monedas, lo cual no le gustó para nada al señor).En fin, cansancio, y la mañana siguiente para pasear un poco más, intentar negociar con los marroquíes para comprar algún souvenir (nos dimos cuenta de que jamás compramos nada en todo el viaje, y por algún motivo decidimos que este era el lugar, aunque por mi parte soy muy mala intentando regatear), intentar ir caminando al aeropuerto que queda cerca, y terminar parando un taxi y preguntarle si acepta los últimos ocho dh que nos quedan (algo así como ochenta centavos de euro) para alcanzarnos esas cuadras que nos quedan, que nos acepte cagándose de risa, al final le pagamos esos ocho y además una lapicera (¿?).

en los jardines de Majorelle, antes de irnos


Todo tan resumido, pero el clima fue así, mezcla de vorágine y paz inmensa espacial desértica, cansancio mental y silencio sublime en la naturaleza, sentir más en la piel y en el alma ese choque eléctrico que es el viaje, el cruce, el atravesar de un lado a otro un mar y una idea y una imagen de mundo, una capucha de prejuicios y conceptos y sensaciones que creemos estar seguros de tener, pero de pronto no lo estamos.
Eso.

martes, 3 de enero de 2017

Sanguchito* de tortilla

*(¿sandwichito?¿sambuchito?)

A esta altura, ya dábamos por perdida toda silla que hubiésemos poseído y/o ocupado con anterioridad, así que no nos preocupó ir a Sevilla, sobre todo porque el dicho es más que nada en Argentina y ahí hace varios meses que no tenemos asiento. A riesgo de que nos roben la silla, entonces, conocimos una ciudad hermosa, e inauguramos nuestra Andalucía, una etapa muy esperada del viaje, que viene haciendo honor a todas las expectativas. ¡Y olé!


 Apenas llegamos, ya encontramos dos desafíos: el primero, estacionar el auto (entre callecitas repletas, cosa que tomó muchísimo más tiempo del que debería, incluido un intento desesperado de tranfuguear un poco de parking en un supermercado); el segundo, lidiar con nuestra anfitriona de airbnb, una señora (madre de la que supuestamente nos alquilaba) brasileña muy buena pero a la que le faltaban algunos cables, la pobre tenía que ocuparse de recibirnos sin saber nada y además de su nietito que estuvo ahí encerrado todo el tiempo que estuvimos: para darles un ejemplo, el segundo día descubrimos que al llegar, nos esperaba en el piso de la puerta de la habitación un pañal (¿usado? Ger dice que sí, nunca lo sabremos) que se quedó ahí toda la noche; a la mañana siguiente, nosotrxs en la cama, llegó un nuevo huésped y la señora muy campante abrió la puerta de la habitación sin avisar, sólo para verificar si estábamos (¿?).
Peeeero, entre la cero privacidad y las ridiculeces, descubrimos a Sevilla, un poco por nuestra cuenta y un poco con un free walking tour muy bueno (vienen siendo una excelente forma de conocer y hacer muchísimo más interesante cada lugar). Lo único malo fue la inconcebible cantidad de gente que encontramos en las calles del centro, en donde casi no se podía circular. Parece que para las fiestas, la gente acá hace mucho turismo, y justo caímos en el peor momento (bueno, en cualquier lado iba a ser igual). Pero eso no arruinó nuestra imagen de la ciudad, y la alegría de volver a estar como en casa, entre bares de tapas, calles finitas en donde cada casa tiene su balconcito, y lo más importante, ese estilo que ahora conocemos como Mudájar y que vemos en toda Andalucía, que es la mezcla de los estilos católicos (góticos, o por ahí) con los árabes. Se nos empezó a abrir ese mundo riquísimo de la historia española, especialmente en lo que al período musulmán refiere, que a cada paso por la región vamos descubriendo más.

torre del oro, plantis


una cosa que no me gustó de Sevilla: cientos de carros con caballos, para turistas, por todos lados

en el bello Parque de María Luisa


atardecer en Plaza de España, puede que sea el lugar más lindo de la ciudad

Después de dos días en Sevilla, decidimos darle una oportunidad a Cádiz, aunque, como nos viene costando madrugar, sólo pasamos ahí algunas horas. Linda, también, aunque no imprescindible: una tarde divertida (porque teníamos ganas de reírnos), un mar precioso, mucha playa, más callecitas de balcones, unas ruinas de teatro romano que no tenían nada que hacer, unos castillos en el agua y de fondo un atardecer impecable.

palmeras, otro clásico por acá

balconcitos


Seguimos, entonces, para Málaga, en donde la mala suerte con airbnb resultó en varias cosas: una, que la primera noche dormimos en el auto; dos, que al día siguiente, después de un lindo walking tour, nos comimos varios garrones por gente que no se sabe manejar y nos quiso cancelar sin devolvernos la plata, cosa que hizo que, tres, airbnb termine regalándonos un cupón de 50 euros, iupi, pero seguíamos sin tener dónde dormir, justo la noche de año nuevo. Así que la tarde se nos fue en conseguir algo, y en el medio, como siempre, pasaron cosas, por ejemplo que en un semáforo cruzó un señor y se nos acercó a la ventanilla diciéndonos que iba para tal lado y si lo podíamos llevar, aunque para cuando dijo eso ya estaba abriendo la puerta del auto, y como no creímos que el señor tuviera la edad y la destreza suficiente como para irnos a robar o a secuestrar, y no teníamos dónde ir, lo terminamos llevando. La gente, acá, se maneja. Sobre todo los viejxs. Conseguimos pieza en una pensión y pasamos un fin de año bonito, viendo la ciudad y los fuegos artificiales desde arriba de un mirador.

foto malísima durante el walking tour, fuimos a un bar clásico que se llama El Pimpi, y conocimos su historia, entre otras cosas

feliz año nuevo, ñeeee

festejos en el centro de Málaga

escenas bizarras en los festejos

Al día siguiente, aún en Málaga, visitamos el Castillo de Alfaro, que más bien es terreno con cosas amurallado, con una linda vista, y no mucho más. Pero después decidimos hacer un desvío, para conocer el mejor lugar. Bueno, no sé si el mejor, pero un lugar demasiado bueno y gracioso como para ser un lugar: es Júzcar, un pueblito chiquito en la montaña, que se hizo conocido porque, para destacarse del resto de los pueblitos de la zona, que son todos blancos, ahí pintaron cada casa del mismo, mismísimo color azul. “El pueblo pitufo”, le dicen, y es que además parece que le rinden una especie de culto a los pitufos, es tan gracioso estar ahí que no se puede explicar. Por momentos, con esa luz entre celeste y azulada, pareciera que se está adentro de una pileta de natación. Y, además, lleno de gatos. Un sueño. Encima, después, fuimos al pueblito de Ronda, y aunque se nos hizo de noche, nos impresionamos igual al ver un súper puente gigante que se construyeron ahí vaya una a saber hace cuántos cientos de años, para conectar los dos lados de la ciudad, que estaban separados por un muy muy alto acantilado. Loco.

desde el Castillo

aaah, querido Júzcar


Pitufina hasta en el tacho

gato

el gran puente de Ronda

Ronda

el puente desde abajo

Pasamos esa noche ya en una habitación en el siguiente destino: Córdoba (nombre al cual hay que aprender a no relacionar directamente con el cuarteto y el fernet). Nos pareció, también, una hermosa ciudad, con un hermoso casco antiguo, en donde otra vez el Mudájar y el estilo musulmán fue protagonista, sobre todo por su “mezquita-catedral”, una construcción enorme que, como la mayoría en la región, antes de ser iglesia fue mezquita, y conserva realmente mucho de su estilo original, con unas mezclas loquísimas. Pero, además, visitamos la judería, así le llaman a los antiguos barrios judíos por acá, y vamos, qué mezcla de cultos, pero parece que los judíos también fueron bastante importantes en la historia española. Aunque nos sorprendimos al entrar a la antigua sinagoga, y leer que en toda España sólo hay tres (pero de esa época, eh! Miren que busqué). Y nos vamos sorprendiendo, también, cada vez más, de las barbaridades que se hicieron durante la Inquisición.

una puerta al patio de la mezquita-catedral

naranjos, siempre





el pasaje de las flores

Finalmente, vinimos a Granada: otra vez, la mala organización y la poca suerte nos dejaron durmiendo en el auto, pero esta vez un poco más alto en la montaña, cerca de la Alhambra, ese palacio gigante que es lo que hay que visitar acá, para el cual la gente reserva entradas con meses de anticipación, o, como planeamos nosotrxs, hace fila desde la madrugada para conseguir entrar. Así que nos dormimos ahí, al lado de un edificio medio sospechoso entre los parkings y el cementerio, que pensamos que era un hotel, porque había gente dando vueltas y pudimos robarle wi fi. Seis y media nos levantamos y decidimos entrar a la cafetería: fue sólo cuando Ger me hizo notar las caras de la gente y las fotos de lápidas en las paredes, que me di cuenta que el lugar no era un hotel, sino una sala de velatorios. En fin, que eso no impidió usar el baño y desayunar, antes de salir a la aventura. Era todavía de noche y llegamos a la cola, que estaba ya bastante larga. Y sí, luego de dos horas estábamos afuera: nos quedamos sin lugar. Pero sin bajar el ánimo, porque, como dijo Ger, lo único que perdimos fue tiempo, que no es para nosotrxs una preocupación. Todavía. Así que lo dejamos para mañana y fuimos al centro, en donde nos metimos de prepo a otro tour, muy muy interesante. Granada me está gustando mucho, cada vez se siente más la cercanía con el mundo árabe, y a la vez el flamenco y las guitarras que, como en el resto de Andalucía, salen por cualquier lugar. La cerámica y los azulejos también son una postal clásica, además de unos motivos muy bonitos en madera, los naranjos por todas partes, y las macetas con plantitas colgadas de la pared (aunque eso es más bien clásico de patio cordobés).

de cuando nos quedamos afuera por unos pocos números


las fotos que saco durante los tour son cualquiera. Perdón, es que hay que estar escuchando

la Alhambra de lejos y con sol de frente y neblina. Mañana nos veremos mejor


(casi)

Ger probando el pionono de Santa Fe (no te cambio nuestro pionono por esto)

Se hace largo contar todo, pero me hizo bien enumerar: es que con tanto recorrido, ya se me va mezclando y confundiendo. Como dije, esta parte del viaje se puso verdaderamente interesante y despertó mucho mi curiosidad, con toda su gama de mundos nuevos que nos llaman. Y todo lo que sigue en estos días, creo, va por ese lugar. Por lo pronto, mañana hay que volver a madrugar, y rezarle a todos los dioses encerrados en tanto edificio sagrado, que nos dejen entrar.

Por cierto, el sanguchito de tortilla es el otro gran protagonista del momento, además de ser un gran invento, y un oasis para vegetarianxs por acá (eso sí, si sos veganx, puede que sea mejor buscarte otro lugar). ¡Y olé!